Pocas
veces las premiaciones tienen consigo la impronta de la oportunidad. Los
griegos del siglo V de Pericles solían utilizar el término “kairós” para dar a
entender la pertinencia o el tino de una acción. Por lo tanto, la feliz
concurrencia de lo pretendido y la buena voluntad para lograrlo.
Honrosa
es la distinción del Premio Martin
Ennais 2014 discernido en favor de la abogada mexicana Alejandra Ancheita,
defensora de migrantes indocumentados, indígenas acosados por autoridades y
“emprendedores” nacionales y extranjeros, ejidatarios en vías de perder sus
tierras y derechos de toda índole, entre otros grupos de marginados,
menesterosos, víctimas de crueldad y de injusticia sin nombre.
El
Nobel de los Derechos Humanos otorgado a la valerosa mexicana ocurre precedido
del “kairós” con el que, sin duda, el ex secretario general de Amnistía Internacional,
Martin Ennais, dotó al Premio para distinguir no sólo a quienes han sobresalido
en la tutela de garantías que protegen de las agresiones de poderosos mal
concebidos, sino a todo aquel con temple de luchador, a toda costa, de la
dignidad y salvaguarda de valores intemporales: dignidad, seguridad, educación
y empleo remunerado con justicia y equidad.
Se
otorga el galardón a la abogada Ancheita en horas difíciles, enigmáticas y
cruciales en México, esto en el sentido de índole definitoria y decisiva en la
vertiente de los derechos que, de manera eufemística, se denominan “derechos
humanos”, tal vez para acentuar que son garantías que atañen a la esencia de la
persona entendida como sujeto de responsabilidades y libertades.
Al
margen de esta digresión, cabe aquí subrayar la oportunidad con la que la defensora laureada es investida con la presea
que amplifica y ahonda su benemérita labor de intercesora ante los tribunales
para exigir justicia jurídica en los casos de violación de libertades y en
asuntos que hacen de nuestro país un ejemplo de lo que no se debe tolerar bajo
ninguna circunstancia o componenda.
La
oportunidad se esclarece ante lo que el Presidente Peña Nieto llama “debilidad
institucional”, expresión equivalente a ineficacia de los órganos y organismos
creados para preservar la integridad de las personas. La oportunidad en cuestión tiene que ver, así,
con la apatía de funcionarios, directa e indirectamente responsabilizados, con
derechos a la salud, a la educación, a la igualdad social, a los alimentos
accesibles y comestibles, sin
contaminación. También con el disfrute de garantías, en paz y armonía, de
bienes relativos al uso y usufructo del agua, la tierra y del crédito para
beneficio familiar y comunitario.
Se
premia a quienes son, a su vez, merecedores de la distinción y al propio tiempo
a quienes ofrecen certidumbre en cuanto a lo que pueden esperar las víctimas de
opresión, abusos, extorsiones y vejámenes sin que autoridad ninguna, sobre todo
con capacidad para hacerlo, intervenga con el objeto de resolver ilícitos
perpetrados con lujo de impunidad.
Ingente
es el océano que tiene a su vera la abogada Ancheita: acciones atroces del
crimen organizado y mar de ilicitudes que emanan desde los poderes públicos en
alianza con dueños de negocios mal habidos. En Guerrero, fosas clandestinas denuncian
voz en cuello el contubernio entre autoridad y criminalidad; en Edomex abusos del viejo y renovado militarismo; en
Sonora, complicidad de empleados federales y autoridades locales en la comisión
de aquellos delitos de “cuello blanco” pero que son como el ébola de la
sociedad en la escala de lo infrahumano.
Este
es el escenario sobre el que habrá de actuar nuestra laureada en los Derechos
Humanos. Habrá, empero, que impulsar su dignificante misión, defendiendo lo
defendible en torno a la dignidad y la nobleza de la persona humana.