Es
verdad que la historia no se repite. Los tiempos y los espacios forman
coordenadas diferentes. Lo que sucedió ayer no es idéntico a lo que ocurre hoy,
como tampoco los escenarios futuros habrán de producirse con sorprendente
similitud a los del presente y del pasado.
Hay,
es cierto, incidencias y coincidencias. La movilización estudiantil de hace
medio siglo convertida en protesta y rebelión, nos viene a la memoria con motivo
de las marchas incruentas y cruentas en Michoacán y, a la fecha, en el convulso
Estado de Guerrero.
La
masacre del 2 de octubre se asemeja, por la fría brutalidad, a la de Iguala y a
la de Edomex. La diferencia es en cuanto al número: miles en el caso de la
primera y decenas registradas en la segunda. No tienen que ver con el número,
¿sí con la intencionalidad?
La
manifestación de universitarios, politécnicos y normalistas guarda coincidencias
con la que tuvo lugar en forma reiterada durante los meses de junio a octubre,
aunque con marcados contrastes. La del 68 fue presidida por el integérrimo
rector, el ingeniero Javier Barros Sierra; ésta, de la del 2014, no tuvo padrinazgo
similar, dado que por medio de la fuerza la directora del IPN había sido
repudiada por la denominada base estudiantil.
Entonces los
contingentes estudiantiles gritaron consignas frente a Palacio Nacional,
conminando al Jefe del Ejecutivo, Gustavo Díaz Ordaz, a que resolviera cuanto
antes los puntos del pliego petitorio. Hace unos días, los inconformes
acudieron al despacho del titular de Gobernación, Osorio Chong, para entregar
en forma casi comedida el documento en el que
formularon, de manera perentoria, respuestas a sus demandas.
Queda
en el ánimo de comentaristas y críticos en general la inquietud en el sentido
de hasta qué punto hubo premeditación y ventaja en el gesto de los politécnicos
al asistir a la SEGOB antes de hacerlo con dicha disposición, a las oficinas del
titular de la SEP.
¿Había la
intención de presionar por medio del desdén, a fin de anticipar la caída del
secretario Emilio Chuayffet?
Todo
esto corresponde al cúmulo de circunstancias en las que habría que espigar a
fin de hace hipótesis y conjeturas sobre
los antecedentes y las consecuencias. Es decir, en caso de haberlas.
Desde otro
ángulo, los hechos actuales, los sucesos del día apuntan acerca de un tema
mucho más difícil de dilucidar.
Nos
referimos a las extrañas incidencias en torno a la conducción de la política
nacional. Y para decirlo de una vez, en todo lo que concierne a las propuestas
modernizadoras planteadas a la Nación, a través de las iniciativas de ley en el
Congreso, al arduo proceso de su aprobación y a los inicios, por cierto
incipientes, de su puesta en acción.
En
este esbozo de hipótesis cabría preguntarse acerca de si hay la pretensión por
parte de grupos en acecho que tratan de poner trabas a las reformas, dar golpes
de timón para dar giros inesperados a la nave de la República. O, francamente, ¿existe
la pretensión más o menos oculta de echar abajo, en conjunto, el proyecto de
modernización del Presidente Peña Nieto? ¿Por parte de quién o de quiénes?
Unos
elementos más de reflexión. En la ONU el Primer Mandatario fue honrado con un
importante premio dándole reconocimiento como ciudadano global. Ahí mismo fue
ponderado como defensor de los grupos indígenas y del medio ambiente. Además,
por voz propia expresó solidaridad con Estados Unidos en su lucha contra el
terrorismo islámico, asegurando compartir la defensa de los derechos humanos a
la paz, a la tolerancia y a la justicia social.
La
pregunta es, por tanto, ¿hay en todo esto algún asomo de confabulación y
connivencia contra la política presidencial y contra la estabilidad de México?
¿Será esto posible?