Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







lunes, 6 de octubre de 2014

2 DE OCTUBRE. PARA NO OLVIDAR



Disímiles entre sí, las protestas de 1968 y las de este 2014 se inscriben, no obstante, en la cronología de manifestaciones estudiantiles de impacto nacional. Aquéllas fueron de rebelión abierta frente a los poderes públicos. Éstas han sido mesuradas, pacíficas y consecuentes con las normas y reglamentos de la Ciudad. Las primeras terminaron en forma por demás cruenta, con alevosía y ventaja por parte del Gobierno Federal. Las segundas concluyen con el gesto comedido, institucional y contemporizador del titular de la SEGOB.   
En el ya remoto 1968, las pancartas y los lemas incendiarios iban dirigidos contra la persona y la  investidura del Primer Mandatario, Gustavo Díaz Ordaz. Esta ocasión, las consignas no tuvieron destinatario personal. Se trató de una demanda específica, de carácter académico, llevado a instancias oficiales y a la opinión pública: la invalidación del reglamento interno.
Si hubiese que describir el clima de la movilización encabezada por alumnos del Instituto Politécnico Nacional (IPN), habrá que utilizar términos como disciplina, organización, compostura urbana en el sentido de respeto al derecho ajeno, a la propiedad de terceros.
Poco más de una década hubo de transcurrir a fin de que la rebelión del ´68 tuviese repercusiones positivas, de naturaleza institucional. Dos rectores, de memoria imborrable, dimitieron en la Rectoría de la UNAM, Javier Barros Sierra y Pablo González Casanova, quienes declinaron frente a la embestida gubernamental, el primero; ante el acoso y las presiones de grupos extremistas, el segundo,
El ascenso del doctor Guillermo Soberón en la Rectoría, tras la dimisión del ex director de Ciencias Políticas y Sociales, marcó el principio del fin de huelgas, paros de labores, cierre de instalaciones académicas y centros de investigación, como secuela de la conmoción de la décadas de los ´60, que había dejado indefensa a la máxima Casa de Estudios por grupos abanderados por las izquierdas y las derechas. 
La llamada “resaca del ´68” hacía de las suyas. A este desgastante y devastador embate habría de sumarse el estallido de un sindicalismo extrauniversitario, beligerante y dispuesto a ejercer su fuerza populista, violatorio de los derechos académicos,  y con pretendidas aspiraciones tendentes a igualar, temerariamente, lo laboral con lo académico.
El rector Soberón, integérrimo académico, Rector Magnífico, asumió la determinación histórica de dar el magistral golpe de timón con el objeto de restituir a la institución sus funciones sustanciales y evitar, de una vez por todas,  que fuese trampolín político y de políticos. Echó, con sus mismas palabras, “los redaños ´por delante” y demandó por la vía jurídica al Jefe del Ejecutivo, José López Portillo, su respaldo institucional, enviando al efecto la iniciativa al Congreso de la Unión mediante la cual se consagraría constitucionalmente la Autonomía de la UNAM.
Contó con la honrosa colaboración de juristas, cuyos nombres iluminan el presente y futuro de la Universidad: Jorge Carpizo, Diego Valadés, Jorge Carrillo Prieto, entre otros más.
Para no olvidar es, así, la rebelión del ´68. Después de una década y un par de años más, se ha convertido en hilo conductor para el progreso académico, la vida en paz y sosiego educativo dentro de los recintos de la Institución. No se deja de lado que hay barruntos de violencia y que existe provocación de pandillas subsidiadas y asomos de prepotencia por parte de grupos disfrazados de académicos y con piel pseudo sindicalista.

La rebelión de los politécnicos, puede ser inicio a fin de que el IPN conquiste, como la UNAM en la década de los ´80, su autonomía, con arreglo a una reforma que vaya más allá del controvertido estatuto, “leit motiv” de las protestas. La enseñanza superior y la cultura tecnológica lo ameritan.