Disímiles
entre sí, las protestas de 1968 y las de este 2014 se inscriben, no obstante,
en la cronología de manifestaciones estudiantiles de impacto nacional. Aquéllas
fueron de rebelión abierta frente a los poderes públicos. Éstas han sido mesuradas,
pacíficas y consecuentes con las normas y reglamentos de la Ciudad. Las primeras
terminaron en forma por demás cruenta, con alevosía y ventaja por parte del
Gobierno Federal. Las segundas concluyen con el gesto comedido, institucional y
contemporizador del titular de la SEGOB.
En
el ya remoto 1968, las pancartas y los lemas incendiarios iban dirigidos contra
la persona y la investidura del Primer
Mandatario, Gustavo Díaz Ordaz. Esta ocasión, las consignas no tuvieron
destinatario personal. Se trató de una demanda específica, de carácter
académico, llevado a instancias oficiales y a la opinión pública: la
invalidación del reglamento interno.
Si
hubiese que describir el clima de la movilización encabezada por alumnos del
Instituto Politécnico Nacional (IPN), habrá que utilizar términos como
disciplina, organización, compostura urbana en el sentido de respeto al derecho
ajeno, a la propiedad de terceros.
Poco
más de una década hubo de transcurrir a fin de que la rebelión del ´68 tuviese
repercusiones positivas, de naturaleza institucional. Dos rectores, de memoria
imborrable, dimitieron en la Rectoría de la UNAM, Javier Barros Sierra y Pablo
González Casanova, quienes declinaron frente a la embestida gubernamental, el primero;
ante el acoso y las presiones de grupos extremistas, el segundo,
El
ascenso del doctor Guillermo Soberón en la Rectoría, tras la dimisión del ex
director de Ciencias Políticas y Sociales, marcó el principio del fin de
huelgas, paros de labores, cierre de instalaciones académicas y centros de
investigación, como secuela de la conmoción de la décadas de los ´60, que había
dejado indefensa a la máxima Casa de Estudios por grupos abanderados por las izquierdas
y las derechas.
La
llamada “resaca del ´68” hacía de las suyas. A este desgastante y devastador
embate habría de sumarse el estallido de un sindicalismo extrauniversitario,
beligerante y dispuesto a ejercer su fuerza populista, violatorio de los
derechos académicos, y con pretendidas
aspiraciones tendentes a igualar, temerariamente, lo laboral con lo académico.
El
rector Soberón, integérrimo académico, Rector Magnífico, asumió la
determinación histórica de dar el magistral golpe de timón con el objeto de
restituir a la institución sus funciones sustanciales y evitar, de una vez por
todas, que fuese trampolín político y de
políticos. Echó, con sus mismas palabras, “los redaños ´por delante” y demandó
por la vía jurídica al Jefe del Ejecutivo, José López Portillo, su respaldo
institucional, enviando al efecto la iniciativa al Congreso de la Unión mediante
la cual se consagraría constitucionalmente la Autonomía de la UNAM.
Contó con la
honrosa colaboración de juristas, cuyos nombres iluminan el presente y futuro
de la Universidad: Jorge Carpizo, Diego Valadés, Jorge Carrillo Prieto, entre
otros más.
Para
no olvidar es, así, la rebelión del ´68. Después de una década y un par de años
más, se ha convertido en hilo conductor para el progreso académico, la vida en
paz y sosiego educativo dentro de los recintos de la Institución. No se deja de
lado que hay barruntos de violencia y que existe provocación de pandillas
subsidiadas y asomos de prepotencia por parte de grupos disfrazados de académicos
y con piel pseudo sindicalista.
La
rebelión de los politécnicos, puede ser inicio a fin de que el IPN conquiste,
como la UNAM en la década de los ´80, su autonomía, con arreglo a una reforma
que vaya más allá del controvertido estatuto, “leit motiv” de las protestas. La
enseñanza superior y la cultura tecnológica lo ameritan.