En
Chihuahua pobladores menonitas denuncian violaciones y acoso por parte de
CONAGUA y la PGR. En Sonora, la Tribu Yaqui delata atropellos de la autoridad, toleradas
por SEMARNAT, en deterioro de sus propiedades. Unos y otros, menonitas y
yaquis, declaran que el origen del acoso es el agua, recurso vital de sobrevivencia.
Víctimas
de persecución, los menonitas ingresaron en México con acuerdo del gobierno de
la Revolución, a principios del siglo XX. Hoy en día son objeto de represión, según sus reiteradas quejas
públicas. Por esa causa, muchos de ellos han resuelto proseguir su eterna
diáspora, esta vez hacia el Este de Europa.
Los
yaquis, de nueva cuenta han sido colocados en la mira del despojo a manos de la
voracidad y el cinismo de autoridades que llevan un lustro cometiendo actos de
atraco y despojo en contra de sus posesiones: tierra y agua por igual.
Apátridas
los primeros, su estancia en suelo chihuahuense, próxima a la productiva e
industrializada ciudad Cuauthémoc y en extensiones a las que dieron auge y
prosperidad agroindustrial, no han encontrado sosiego y seguridad a lo largo del
pasado siglo. Respetuosos de sus usos y costumbres, a pesar de su tenaz y
ejemplar trabajo en la crianza de bovinos y la productividad de lácteos, aquello
es pretexto para que se actúe con saña y belicosidad en su contra.
Legítimos
propietarios de cuencas, acuíferos y vastos recursos propicios para el
aprovechamiento del agro, los yaquis están siendo sometidos a la máxima prueba
de fuego en su integridad comunitaria, con el propósito de que cedan predios y derechos,
considerándolos sus agresores como seres infrahumanos. Sus victimarios actúan
con malignidad extrema al igual que los
caníbales, quienes tal vez se asombrarían al ver las crueldades que
padecen.
El
“destino” ya ha alcanzado a unos y otros. El motivo es el mismo: arrebatarles el
vital líquido, con el cual se apaga la sed y se mitiga el hambre. Autoridades
federales, estatales y locales, se confabulan para dar rienda suelta a los
instintos de rapiña por medio del acoso, las amenazas, los cateos y actos que
revelan execrable uso y abuso del poder sin que, al parecer, haya límites éticos
ni jurídicos que contengan la saña y la felonía desatadas.
Los
menonitas, es cierto, no cuentan, como la Tribu Yaqui, con el respaldo, la asesoría y la defensa
ciudadana y de su autoridad municipal, en Cajeme, con la que sí cuentan los
descendientes de Tetabiate y de Cajeme. El sur de Sonora, por otra parte, se ha
concientizado ante la injustica prevaleciente y la ostentosa impunidad. En cívica
participación hacen frente unido con productores, ejidatarios y miembros de la
Tribu, anteponiendo la legalidad y el Estado de Derecho frente a la anarquía
oficial.
Hacen
a placer lo que no llevan a cabo contra el crimen organizado, para destruir “presones”
y tajos de los menonitas. Invaden la intimidad domiciliaria de éstos y
arremeten en contra de sus dirigentes con el asentimiento oficial y la
complicidad de los organismos responsables de acatar la normatividad e
individualizar la ley en términos de imparcialidad.
Ambas
etnias son tratadas como marginadas y apátridas, sin garantías de ninguna
clase. Son objeto de la táctica de amedrentar, amenazar y violentar la
seguridad de las familias. La aviesa finalidad es la de consumar el despojo vía
la persecución y el despojo, cuando no por medio del soborno, la abyección y el
exterminio.
En
el Valle del Yaqui, se ha llegado aún a utilizar la mentira y la suplantación
como mamparas para hacer de un recurso democrático, la CONSULTA, disfrazándola
con información viciada. Así, se hace de
ella una vil caricatura y ruda apariencia de acato al Derecho, al régimen de
libertades y garantías. Y todo, como si no hubiesen resoluciones en firme
emitidas por la SCJN.