Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







viernes, 8 de agosto de 2014

EN DEFENSA DEL AGUA, LA CARAVANA DE LOS PUEBLOS YAQUIS


Lo que no logró el subcomandante Marcos hace 20 años y tampoco a la fecha el belicoso Andrés Manuel López Amador, a pesar de sus fogosa retórica en favor de los pobres, lo están alcanzando los tenaces e indoblegables líderes de la Tribu Yaqui: unir a todas las etnias, y a gran parte de la población, en torno a la defensa de garantías y derechos irrenunciables.
La caravana de los pueblos yaquis llega al Distrito Federal tras una penosa travesía de más de mil kilómetros, abanderando su causa con el aval de la justicia jurídica y el consenso de la sociedad de la que forman parte.
En las primeras horas de este día asisten a una reunión extraordinario en  las oficinas del titular de SEMARNAT, Juan José Guerra, de la cual esperan  salir con la frente en alto en señal de haber llevado a feliz término su inconformidad, con arreglo a lo supremos mandatos de la Constitución.
Testigo de calidad en el cónclave es el alcalde de Cajeme, Rogelio Díaz Brown,  ponderado baluarte, defensa incólume de productores, ejidatarios y pobladores yaquis. Su desempeño al lado de la Tribu en el  escabroso asunto, es mucho más que un gesto de buena voluntad: expresa un modo institucional de gobernar, cuyo estilo nos hace pensar al “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo, en el capítulo “De qué manera los príncipes deben guardar la fe dada”.
El munícipe se comprometió, al recibir su actual responsabilidad política, ofreciendo cumplir la Ley y asegurando hacerla cumplir, juramento que obliga a todo mandatario en un régimen formalmente democrático.
Sabía de antemano que el gobernante, siguiendo al florentino, está facultado a combatir, en primer término, con las leyes y que sólo en ciertos casos le conviene recurrir a la fuerza. Sabía, así, que en todo caso la fuerza de que se trata es la fuerza de la normatividad jurídica, misma que deriva de un Estado de Derecho entendido a la luz del principio de la constitucionalidad de la legislación y de la legalidad de su ejecución.  Justicia y administración, vinculadas así en forma indisoluble.
A lo largo del conflicto a punto de fragmentar al Estado de Sonora como si fueran dos entidades rivales el asunto del agua fue publicitado a título de razón suficiente para dividir y enfrentar al Norte contra Sur con la pretensión de dar la impresión de que unos eran los buenos y otros los malos, Ante el atropello, el alcalde actuó con la prudencia aconsejable, madurez política y coherencia ideológica. Asumió su función con dignidad y aplomo, sin quitar el dedo del renglón en una causa cuyo denominador común era, es y será, sin duda, el de la integridad soberana de sus gobernados, la seguridad jurídica y pública y el otorgar respeto irrestricto a la suprema medida de justicia: dar a cada quien lo suyo.
En esto, haciendo valer la norma en el sentido de que lo suyo de cada quien es lo que dictan las leyes y su correspondiente interpretación por los tribunales y la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
El consenso ciudadano ha sido, y es, factor que legitima el reclamo enarbolado por la Tribu. La digna representación en las Cámaras, asimismo, lo enaltece y convalida. Adalberto Rosas, ex presidente de Cajeme, simboliza la transparencia con la que llega a su término la controversia. Y todo indica que si bien la justicia jurídica, institucional es lenta (a menudo se tiñe de ideología), llega por fin a su término y último desenlace. Para beneplácito, es cierto, de unos y para descrédito, sin duda, de los otros.

La defensa del agua es, en conclusión, la defensa de la tierra y de su eventual riqueza. Sin aquélla ésta resulta estéril, improductiva, baldía. Sin ésta, carece de valor en sentido productivo. El otrora granero de México requiere, en consecuencia, de una y de otra, pero en términos de seguridad pública y privada. Por partida doble.