Chihuahua
y Sonora se ubican dentro de perímetros geográficos que sólo montañas, vados y barrancas dan la impresión de separar
aquello que la Naturaleza unió, sin proponérselo. Pero ambas Entidades se
enlazan por la historia y el sentido de identidad, lo que da continuidad entre
parajes y escenarios, entre lo que realiza el hombre y lo impuesto desde su
exterior.
Ir
de Sonora al Estado de Chihuahua no es lo mismo que viajar de esta Entidad a Sonora,
bañada en las plácidas aguas del Pacífico.
De
Ciudad Obregón a las estribaciones que llevan montañas arriba, a la recóndita
Yécora, municipio sonorense, y de ahí
pasar a Talayotes, en dominios del solar de los Villa y los Siqueiros, es ir al goce y deleite con aquellos paisajes
que nunca más podrían olvidarse. Se va, entonces, del ardiente semidesierto a
la región de los pinos, pasando antes por algunos parajes en donde abundan cactus, huizaches
y tabachines
Así, quedan atrás los sembradíos de algodón, trigo
y cártamo para que la vista se deleite, enseguida,
con aroma que desprenden huertos de manzanos, duraznos y diversas especies de
árboles frutales. También se dejan atrás
los acuíferos como los de “Hornos” antes de llegar a los remozados perfiles de
Tesopaco, cabecera municipal, en donde la calidez de la temperatura cede a los
rigores de Valle del Yaqui. Y de ahí
hacia arriba comienza lo difícil y azaroso de la travesía…
Otra
experiencia es la de quienes viajan desde Chihuahua. Al trabajo organizado en
los campos cercanos a Cuauhtémoc, y a la tecnología sumada al esfuerzo y
cuidado cotidianos, se acompaña la proximidad de las agrestes alturas rodeadas
de escenarios sublimes con imponentes bellezas: montañas y desfiladeros;
aquéllas talladas, se dice, por seres legendarios; éstos cavados como para dar la sensación de contrastes que hacen
del mundo natural un caudal de enigmas a descifrar por medio del conocimiento y
dispuestos para el disfrute a través del sentimiento de lo bello y lo sublime.
Se
produce, así, el justo reclamo, también el reconocimiento de lugareños y turistas
que viajan desde los acogedores espacios colindantes con el mar hasta las
estribaciones de la sierra. Y de quienes lo hacen desde los pilares empotrados
entre nubes como si fuesen eternos vigías, desde aquel mar de serranías
interminables, del que surge repentinamente la Cascada de Basasiachi en la
demarcación de Ocampo.
Y
este es el sentido de nuestro comentario. En caminos y puentes, carreteras y
autopistas destinadas a comunicar, la inepcia y el desdén se encargan de hacer vías
de incomunicación y aislamiento.
Uno
es el tramo carretero que va de Chihuahua a Moris colindante con Yécora, Sonora,
Ahí, la seguridad ante todo, lema del mandato del ahora senador Patricio
Martínez García, produce la impresión de certeza y confiabilidad en esta
carretera. Mientras tanto, kilómetros abajo, de San Nicolás a Tesopaco , pasando
por Curea, Nuri rumbo a Hornos, en las proximidades de la Presa Álvaro Obregón “El Oviáchic”, los
contrastes están a la orden del día. El descuido, el abandono y el maltrato del
camino hacen horrendo y hostil, al extremo. el extenso itinerario.
Malos
administradores y peores políticos propician que la carretera Sonora-Chihuahua,
en el tramo mencionado sea, a la fecha, una especie de trampa mortal para el infortunio
de lugareños, campesinos y ganaderos, que sufren el apremio, que por cierto a
nadie importa, para movilizar sus enseres y cosechas. La empresa minera asentada
en esa región pone su parte a fin de convertir los caminos concebidos para la
convivencia, en virtuales cementerios.
La impunidad y la corrupción, unidos para sí, prevalecen al lado de los embates
del crimen organizado, cuya mafia crece imperturbable ante los vacíos de poder.