Heráclito,
filósofo de la temporalidad y la finitud, acertó al declarar que todo está
sujeto al movimiento. Todo cambia, incluyendo los cauces por donde fluyen las nuevas
corrientes de las aguas.
Así,
cambian las cosas, los hombres y las instituciones. En resumidas cuentas, el
hombre y el universo mismo son historia. Hegel sostendría que el espíritu (el
espíritu absoluto) se mueve en la historia. Habría que precisar: el hombre,
autor de este escenario en perpetuo torbellino, es el hombre de la cultura o de
la historia universal.
En
víspera de cumplir, como se dice, sus primeros ochenta años, el Fondo de
Cultura Económica (FCE) hace demostración de juventud, haciendo caso omiso al
refrán que la gente entrada en años solía repetir: “La vida comienza a los 40”.
Se revitaliza el FCE en el corazón de un país que, asimismo, muestra renovada
fuerza institucional a sus casi doscientos años de vida independiente.
Toma ímpetu
juvenil la casa editorial de la puesta en marcha de un nuevo capítulo en el
devenir de la nave republicana, México, enfilado hacia destinos promisorios, con base en su mapa modernizador y su
determinación de adecuar los viejos instrumentos, así como integrar una tripulación
apta para realizar la travesía.
Con
Karl. R. Popper habría que coincidir que los buenos navíos requieren acreditados
expertos, probos, que las conduzcan.
Bajo
la denominación “Conversaciones a Fondo”,
experto en el arte de comunicar,
bibliófilo para más señas, José Carreño Carlón, él propone unir la
suerte de la octogenaria catedral del libro al proyecto de modernización
institucional en marcha. Su propuesta hace recordar lo de hace tres quinquenios
cuando el propio FCE participó, a través de obras impresas, cuyo contenido iba
de reformas en educación, política cultural, federalismo y sindicalismo, a temas
sobre negociaciones comerciales de México con el mundo, hasta los de la
renovación de los sectores agropecuario y forestal.
Inspirándose
en aquel fermento finisecular, y ante la
actual etapa reconstructiva del Estado mexicano en áreas últimamente dejadas en
manos inexpertas y desnacionalizadoras,
el FCE reasume, dice el Director General del FCE, Carreño Carlón, su vocación
primigenia: aquella que va de la página impresa a la palabra hablada, al
diálogo y a la discusión; es decir, al foro en donde promotores de ideas
compartirán opiniones y juicios junto con hacedores de políticas, sin temor a la
polémica y al desacuerdo ideológico o filosófico.
Lo
que en un momento fue asunto sólo de Estado, diálogo entre quienes hacían y
decidían sobre cuestiones de carácter colectivo y social, el proyecto del FCE interviene
en buena hora, haciéndose partícipe con el despertar de una generación predispuesta
a la apertura y a la renovación, con el concurso de todos. Y si en el pasado
predominó la secrecía como método para reformar política y jurídicamente la
estructura de la Nación, hoy en día los procedimientos van de abajo hacia
arriba y la toma de decisiones se proyecta en forma transversal por medio de
vasos comunicantes, a la vista de la mayoría.
El
ir de la palabra al concepto y de éste a la norma, abre horizontes a la sana convivencia
social. Es un paso en dirección al cambio con sentido transformador a través de
la participación y el consenso.
Quedan atrás
prejuicios sobre si primero es el acuerdo y después la retórica: el diálogo y la
discusión entre los que gobiernan y los ciudadanos, entre los que piensan y
deliberan, proponen e investigan, y los que conducen políticamente la nave de
las instituciones.
A
sus 80 años el FCE, casa en donde las ideas tienen que ver con una nación que
cambia, da enseñanza valiosa en materia de comunicación plural, abierta y democrática,
la cual va de la página impresa al ágora. Y de ahí retorna a la letra en armónica
interdependencia.