Contra
la Humanidad es la trata de menores de edad. El comercio de esclavos en la
antigüedad así como el tráfico de mujeres son delitos que horrorizaron y siguen
causando estupor en nuestros días. Indefensos en toda la extensión del término
son los primeros, en gran medida las mujeres sujetas a la perversidad de sus
captores y tratantes amparados, a menudo, por los poderosos envilecidos, a su
vez, y envilecedores de vidas ajenas.
La
Caja de Pandora continúa dejando ver acciones bochornosas que van del
latrocinio a la degradación humana. Víctima de la parsimonia por parte de una
justicia que más bien da la impresión de tutelar vicios, contubernios y
violaciones, al fin emergen a luz pública ilícitos que salen de lo común. La
trata de menores, es el colmo de la maldad organizada desde las alturas.
Está
en manos de la PGR la investigación de este crimen que, hoy por hoy, conmueve
desde su más recóndita intimidad la conciencia de una sociedad violentada y
acosada por varios años, sin que nadie con dignidad y presteza acudiera en su
auxilio.
Los velos de la
impunidad, por lo visto, son el más eficaz caldo de cultivo a fin de que
prolifere el crimen organizado y por igual el desorganizado.
En
nombre del Pacto Federal, los directamente involucrados en su integridad y
salvaguarda fueron penetrados y convertidos en aliados de la ola criminal
dirigida desde instancias ignotas encubiertas por el
anonimato, la tolerancia y la confabulación.
El
más reciente hecho de violencia criminal, consumado en una de las Entidades más
sacudidas por el terrorismo y el narcotráfico, es el efectuado con el
proditorio asesinato de la alcaldesa de Temixco, Morelos, Gisela Mota.
La
hazaña oficial de la recaptura del “Chapo” Guzmán ocurre casi al siguiente día
del crimen contra la infortunada perredista.
No se trata, por
cierto, de colores partidistas.
El
principio punitivo, Si es A debe ser B (si es el delito debe ser la
consecuencia), vale al margen de potestad alguna.
La ley es la
Ley.
La
trata de menores de edad es un crimen que ensombrece y cala hasta lo más profundo
de la dignidad humana.
Nada
podría justificarlo, como tampoco encubrirlo con expresiones eufemísticas que
hacen decir que en estos casos, como en otros similares, al daño se agrega la
ofensa. Es inadmisible y ofensivo, el pretender paliar, desvanecer o suavizar
lo horrendo y terrorífico del hecho.
Nuevamente
está a las resultas de la credibilidad ciudadana, la eficacia, honestidad y pundonor
de los titulares responsables de indagar, demostrar y encontrar a los culpables
del monstruoso crimen. Federación y Estado están en la mira de la sociedad con
el objeto de hacer el seguimiento que no se hizo en tiempo y forma, cuando los
autores de la trata de menores ejercían los cargos públicos que desempeñaron.
Hoy
la majestad de la justicia se yergue a fin de ejercer su poder para exhibir a
los autores de lo que ha dado la impresión de ser un craso crimen sin castigo. Nada
hará lo resarcible del hecho, pero si el procedimiento judicial toma los cauces
debidos, los castigos imputados adquirirían el carácter de ejemplaridad con el
propósito de que nunca más la trata de menores, de mujeres, de migrantes, por
citar los casos más conocidos, se repitan.
Mucho
menos para dejar en manos de los criminales, mafiosos y abusivos desde el poder,
la administración del Derecho penal, con la finalidad de favorecer, con plena
impunidad, sus turbias ambiciones y sus acciones demenciales en demérito de la
dignidad de los ciudadanos más indefensos y marginados.