El
siglo XX fue el siglo de las ideologías: de las ideologías políticas. La del
comunismo predominó desde el triunfo de la Revolución hasta la caída del Muro
de Berlín en la penúltima década de dicha centuria.
La
lucha de clases se libró en medio de dos contiendas universales sin que las
propuestas de predominio ecuménico alcanzaran, al final de cuentas, la eficacia
y el triunfo de sus proclamas y predicciones.
Nuestro
siglo XXI toma vuelo, de manera similar al anterior, con la irrupción de una
ideología impregnada de religiosidad. Se dirá que toda ideología, en el fondo
tiene ingredientes de fe, con arreglo a lo cual
trata de persuadir acerca de la bondad de sus dogmas y principios. El
objetivo último es prevalecer como doctrina dominadora, y por tanto invencible.
La
fidelidad consagrada a estos dogmas y principios, así como la tenacidad y
pertinacia a fin de propagarlos, lleva inclusive a la intolerancia y al afán de
imponerlos sobre todos los demás.
La
ideología que enarbola el llamado Estado islámico (el cual por cierto ni es un
Estado como tampoco representa al Islam en términos generales), es portadora de
un terror propio de las organizaciones totalitarias cuya arma principal es la
violencia y la meta: aniquilar al enemigo por los medios a su alcance.
En
nombre de Alá, el terrorismo islámico se ha determinado en principio a recorrer
el mundo occidental con la peregrina ambición de imponer su creencia, con
alcance planetario, en un futuro en donde su dios todopoderoso, omnímodo, hará
reinar su voluntad por encima de todos los imperios, de todas las potestades,
habidas y por haber. Con el respaldo, claro, de sus fieles en campaña.
A
principios del siglo las Torres Gemelas en Nueva York fueron el blanco de un
terrorismo inducido o no, por lo visto tolerado, desde las entrañas del imperio
estadunidense, símbolo en sus comienzos de la tierra de promisión y puerto de
las migraciones de todos los tiempos, en donde hubo lugar para las creencias
religiosas que rivalizaban, con odio primitivista, en el Viejo Continente.
Meses
atrás, recientemente, la mira se puso en nada menos que París, la capital de la
nación que hizo mecer en el fragor de la Revolución el documento innovador de
los Derechos del Hombre. Como si se tratara de una contra revolución envuelta
en dogmas tutelares, entre los que sobresale el de consumar el exterminio de
los “infieles” (entendiendo por infidelidad el no estar de acuerdo con los
postulados religiosos del EI), el cruento atentado ha sido detonante a título de advertencia en
el sentido de que el terror islámico está dispuesto y predispuesto a dar su más
rotunda y cruenta embestida. Dando inicio su batalla hiriendo el corazón de su
rival.
Más
que una guerra de religiones, habría que suponer que en el fondo de esta
insurrección hay una atávica pretensión de imponer su ideología religiosa como
una estrategia para imponer su predominio político, ejerciendo la vía del
terror como táctica de lucha.
R. H. Barrow en
su libro “Los Romanos” (FCE, 1981) hace notar que el cristianismo adquirió auge
hasta finalmente convertirse en fuerza viviente del Imperio, mediante la
táctica de provocar la cólera del gobierno de Roma y otorgarle la calidad de
enemigo, por edicto universal.
Tras
las persecuciones de que fue víctima la cristiandad, el saldo final fue la
imbricación entre Iglesia y Estado hasta culminar, como se sabe, en una
identidad relativa que perdura hasta nuestros días.
Consciente
o no, con las disparidades del caso actual en donde el terrorismo islámico es
el débil ante el majestuoso Occidente, hay la impresión de ser, como ocurrió en
la Roma de los primeros siglos de nuestra Era, una provocación en ciernes con
el fin de atraer a su enemigo y vencerlo a través de los recursos de la
ideología religiosa con objetivos políticos, por ahora burdamente encubiertos.
Siglo
místico embozado en el terror, estamos en el preámbulo en el cual el Oriente
arcaico emerge como una aventura más, destinada al fracaso, de predominio por
medio de la ideología. Esta vez, mistérica, pero con torvas finalidades.