Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







domingo, 3 de enero de 2016

IDEOLOGÍA POLÍTICA AYER: IDEOLOGÍA RELIGIOSA AHORA

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El siglo XX fue el siglo de las ideologías: de las ideologías políticas. La del comunismo predominó desde el triunfo de la Revolución hasta la caída del Muro de Berlín en la penúltima década de dicha centuria.
La lucha de clases se libró en medio de dos contiendas universales sin que las propuestas de predominio ecuménico alcanzaran, al final de cuentas, la eficacia y el triunfo de sus proclamas y predicciones.
Nuestro siglo XXI toma vuelo, de manera similar al anterior, con la irrupción de una ideología impregnada de religiosidad. Se dirá que toda ideología, en el fondo tiene ingredientes de fe, con arreglo a lo cual  trata de persuadir acerca de la bondad de sus dogmas y principios. El objetivo último es prevalecer como doctrina dominadora, y por tanto invencible.
La fidelidad consagrada a estos dogmas y principios, así como la tenacidad y pertinacia a fin de propagarlos, lleva inclusive a la intolerancia y al afán de imponerlos sobre todos los demás.
La ideología que enarbola el llamado Estado islámico (el cual por cierto ni es un Estado como tampoco representa al Islam en términos generales), es portadora de un terror propio de las organizaciones totalitarias cuya arma principal es la violencia y la meta: aniquilar al enemigo por los medios a su alcance.
En nombre de Alá, el terrorismo islámico se ha determinado en principio a recorrer el mundo occidental con la peregrina ambición de imponer su creencia, con alcance planetario, en un futuro en donde su dios todopoderoso, omnímodo, hará reinar su voluntad por encima de todos los imperios, de todas las potestades, habidas y por haber. Con el respaldo, claro, de sus fieles en campaña.
A principios del siglo las Torres Gemelas en Nueva York fueron el blanco de un terrorismo inducido o no, por lo visto tolerado, desde las entrañas del imperio estadunidense, símbolo en sus comienzos de la tierra de promisión y puerto de las migraciones de todos los tiempos, en donde hubo lugar para las creencias religiosas que rivalizaban, con odio primitivista, en el Viejo Continente.
Meses atrás, recientemente, la mira se puso en nada menos que París, la capital de la nación que hizo mecer en el fragor de la Revolución el documento innovador de los Derechos del Hombre. Como si se tratara de una contra revolución envuelta en dogmas tutelares, entre los que sobresale el de consumar el exterminio de los “infieles” (entendiendo por infidelidad el no estar de acuerdo con los postulados religiosos del EI), el cruento atentado  ha sido detonante a título de advertencia en el sentido de que el terror islámico está dispuesto y predispuesto a dar su más rotunda y cruenta embestida. Dando inicio su batalla hiriendo el corazón de su rival.  
Más que una guerra de religiones, habría que suponer que en el fondo de esta insurrección hay una atávica pretensión de imponer su ideología religiosa como una estrategia para imponer su predominio político, ejerciendo la vía del terror como táctica de lucha.
R. H. Barrow en su libro “Los Romanos” (FCE, 1981) hace notar que el cristianismo adquirió auge hasta finalmente convertirse en fuerza viviente del Imperio, mediante la táctica de provocar la cólera del gobierno de Roma y otorgarle la calidad de enemigo, por edicto universal.
Tras las persecuciones de que fue víctima la cristiandad, el saldo final fue la imbricación entre Iglesia y Estado hasta culminar, como se sabe, en una identidad relativa que perdura hasta nuestros días.  
Consciente o no, con las disparidades del caso actual en donde el terrorismo islámico es el débil ante el majestuoso Occidente, hay la impresión de ser, como ocurrió en la Roma de los primeros siglos de nuestra Era, una provocación en ciernes con el fin de atraer a su enemigo y vencerlo a través de los recursos de la ideología religiosa con objetivos políticos, por ahora burdamente encubiertos.

Siglo místico embozado en el terror, estamos en el preámbulo en el cual el Oriente arcaico emerge como una aventura más, destinada al fracaso, de predominio por medio de la ideología. Esta vez, mistérica, pero con torvas finalidades.