Hombre
de ideas y de acciones, don Mario Vázquez Raña nos dejó caminos que, al ritmo
de sus largos y fructíferos años, fue sembrando de enseñanzas y ejemplos dignos
de ponderar y proseguir. Supo unir el pensamiento con los hechos en una
admirable síntesis la cual permite afirmar que los ideales requieren de logros
y realizaciones para merecer el reconocimiento y la admiración de quienes
reconocen en las huellas marcadas un camino a continuar y tareas que cumplir
con perseverancia y determinación.
Su
nombre va asociado a las diversas empresas que fundó, fecundó y llevó a reconocidas
alturas. El deporte olímpico comparte con la actividad de la comunicación
social, un sitio de honor para quien deja este mundo de luces y de sombras, de esperanzas y
frustraciones, de optimismo y de intensas horas de temor y decepción.
Fue
empresario en el más amplio sentido del término. En sentido originario: de
crear, innovar y revolucionar lo cotidiano hasta hacerlo institucional y digno
del juicio crítico de los demás; de sus pares y asimismo emprendedores.
Fue un notable
comunicador, para miles y miles, incontables
lectores
de los “Soles” y de publicaciones periódicas similares. Sus entrevistas a
personajes públicos, de la política y de muy distintas disciplinas y funciones,
quedan como testimonio del arduo y riguroso oficio de dar voz audible a quienes,
teniéndola, a menudo la mantienen en sigiloso resguardo.
Fue
en esto un hábil interrogador, un docente imbuido del ánimo de aquel Sócrates
de Atenas, en la medida que llevaba a su interlocutor al fondo de los asuntos
comentados, al meollo de los temas por arduos que éstos fuesen. Practicaba,
así, el extraño arte quirúrgico de extraer, como decía mi maestro y gran amigo,
don Edmundo Valadés, asimismo extraordinario comunicador de emociones y lúcidas
metáforas, de sacar la “miga” o esencia de aquello que se tiene entre manos.
Fue
un gran impulsor del deporte en nuestro país, comparable con su pasión y
entrega a la noble y ardua profesión de enterar, con objetividad y
transparencia. En lo personal, me hace recordar el ideal del hombre homérico
enaltecido en las páginas de la “Ilíada”, para quien la ética de su tiempo daba
a las competencias el significado de manifestar el temple de carácter, el vigor
para alcanzar la gloria bien habida y con el fin de mostrar y demostrar, ante
todos, la destreza del cuerpo y de la mente.
Proponiéndoselo
o no, dio enseñanzas en las horas más difíciles de México, particularmente, del
entorno metropolitano que es la ciudad capital de la Nación, de entereza,
resolución y alteza como de amplitud de miras. En horas aciagas en las que aun
siendo poseedor de espíritu heroico, de fortaleza de ánimo y de vigor ante la
adversidad, las personas sienten desfallecerse y perder la ecuanimidad, don
Mario Vázquez Raña salió al frente para convocar a los mexicanos a la fiesta
del deporte, al convite del cuerpo y del alma. En suma, para decir ante el
mundo que México seguía en pie y de pie.
Aún
no se escriben páginas en letra indeleble donde se diga, sin temor a
equivocarse, que las Olimpíadas de 1968 tuvieron de todo. Que si bien hubo luto
y dolor, irascibilidad desde las alturas del poder, también hubo de por medio
un bálsamo sutil, imponderable, que hizo restañar heridas que no cierran de un
día al otro, pero que auxilian y ayudan a levantar los ojos para ver alturas
insospechadas, caminos por donde se puede andar y metas y tareas que emprender
y culminar. Mario Vázquez Raña fue coautor
generoso en ese casi imposible logro.
Hay
luto en el deporte y en el periodismo: en el Comité Olímpico Mexicano y en la
Organización Editorial Mexicana. No obstante, el fuego de su espíritu
permanecerá encendido.