Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







lunes, 9 de febrero de 2015

DILEMA EN SONORA: IMPUNIDAD O ESTADO DE DERECHO


Todo apunta a que en la Entidad norteña de Sonora resplandece, al final del largo túnel, el  Estado de Derecho. Atrás va quedando el imperio de la impunidad sobre el dominio de las leyes. Gana el principio de la legalidad y se anticipa la derrota total del más fuerte, entendiendo  a éste como aquel que trata de imponer su voluntad personal o la del gremio que representa en agravio de quienes, por ese hecho, se convertirían en vasallos o servidores del poderoso.
En ejercicio de sus atribuciones, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) impone multas sucesivamente al propietario del rancho “Pozo Nuevo” el que, hasta donde se sabe, es propiedad, ni más ni menos que del titular del Ejecutivo Estatal.
Los usuarios del Distrito de Riego del Río Yaqui (DRRY), con explicable júbilo, piden voz en cuello que el ahora conminado a pagar la sanción aludida lo haga en tiempo y forma, según se sigue de la norma punitiva en el sentido de si es A debe ser, ineludiblemente, B.
En otras palabras: no hay ilícito sin consecuencia; es decir, no hay, no debe haberlo, delito sin castigo. Lo contrario sería el reinado de la impunidad, la victoria del imperio de la injusticia y el predominio de la ley del más fuerte en donde el monstruo del Leviatán lo devora y lo destruye todo.
Desde hace poco más de dos años prevalece en Sonora (aunque no sólo en la Entidad norteña) el terrorismo de Estado bajo la modalidad de anarquía que no es sino vacío de legalidad. Se suprimió de manera flagrante el derecho de audiencia, violentándose las más elementales garantías de las minorías y se suplantó el derecho de productores, empresarios y ciudadanos por la vía fuerza, sin que las más altas instancias políticas y jurídicas hicieran valer su autoridad y detuvieran el más alevoso y ventajoso asalto a la razón y al Estado de Derecho.
Sin mediar protocolo alguno, sin el menor asomo de mesura, se dio por cumplidas y satisfechas las reglamentaciones de rigor (en el caso de SEMARNAT y CONAGUA), con el propósito de construir una obra hidráulica de vastas dimensiones que llevaría agua del sur del Estado al norte de la Entidad.
El  fin justificaba los medios, pues el criterio era uno y el mismo que se arguye ahora: dar el vital insumo a casi un millón de personas que viven en la capital de la Entidad. Así, suplantando garantías y derechos dio inicio al Acueducto Independencia el cual su mecenas y protector, el entonces Ejecutivo Federal, Felipe Calderón, inauguraría, al margen de toda autorización legítima, para envilecimiento de la investidura presidencial.   
Vestido en ropas de “buen samaritano”, Padrés Elías, embargado por hacer el bien sin importar a quién, hizo lo que el héroe popular que quitaba a los ricos para darlo a los pobre. Pero al revés.
Despojó con lujo de cinismo a los legítimos dueños del  recurso hídrico y ofreció darlo a quienes, en efecto, lo requieren. Aunque, saltando sobre la sombra de la ilegalidad y con lujo de atropellos a personas  que les dio trato de mexicanos de tercera o de quinta categoría: a los indios de la Tribu Yaqui.
No sólo eso. Padrés Elías construía, entretanto, un emporio en el rancho de su propiedad, usurpando el agua que hacía falta en hogares hermosillenses, hurtándolo a ejidatarios y pobladores humildes en los municipios de Cajeme y de Guaymas.
Si la lógica jurídica sigue su curso, el ahora mandatario en apuros, Guillermo Padrés Elías, colocado en la silla de los acusados, tiene ante sí un verdadero callejón al parecer sin salida: si paga las multas, se declara culpable. De no pagarla, se convierte en fugitivo de la Ley.
Y no hay, al parecer, salida ante el crucial dilema.
Además, ¿Qué pasará ahora con los ilícitos que rodean el Acueducto?

Y con el reclamo de: ¿Ahora o nunca, señor Presidente?