En el torbellino de la actual historia yoreme, se presenta en
el Mariposario de El Júpare (Huatabampo, Sonora) el libro “Los pueblos
indígenas del Noroeste de México”,
coordinado por J. L. Moctezuma Zamarrón y Alejandro Aguilar Zeleny.
El subtítulo: “Atlas Etnográfico”
sugiere el interés de los autores a fin de poner de relieve, ubicando
geográficamente a la insospechada gama de etnias que pueblan la región: pápagos, mayos, guarajíos, pimas,
entre otras. Aparte la migración indígena, como en tiempos prehispánicos, no
deja de fluir hacia territorios promisorios: es el caso de mixes y mixtecos;
nahuas, triquis y zapotecos. De norte a sur.
A 20 años del levantamiento en el sur
del país, abanderado por el EZLN, la denominada “cuestión indígena” plantea
viejos y renovados enigmas, cuya resolución
en términos generales es de soslayo, suspenso y, en todo caso, teñida
de un fariseísmo chapado a la antigua.
Es decir, se pregona que la búsqueda es a fin de preservar su lengua y
religión, sus formas de vida, los ”usos y costumbres” mientras que, por otra
parte, se convierte su situación real, la de cada día, apremiante, en tema de
análisis, de reflexión y ejercicio comparativo.
Hay la tendencia encubierta es convertir
la suerte y el destino de los pueblos indígenas en asunto de interpretación paleontológica, incluso de
curiosidad folclórica a la manera de como lo hacen especialistas extranjeros,
para quienes los indígenas son tema antropológico a fin de observar el tránsito
de las formas inferiores de vida civilizada, de integración a la vida urbana o
de franca marginación, por lo demás inducida, en sus paupérrimos enclaves
alejados de toda protección en materia de salud, educación y empleo.
Es, por tanto, muy oportuna la presentación
del libro por parte del INHA sonorense. Ocurre en horas cargadas de tensiones,
acosos y amenazas para la denostada nación yaqui, cuyas etnias hacen frente al poder de los “ yoris”, representado
por quienes han invadido sus predios al margen de leyes y reglamentos habidos y
por haber, justificando el derecho universal a recursos, por cierto regulados
por ordenamientos de validez positiva aunque, por lo visto, de mínima o nula eficacia.
La finalidad del Acueducto
Independencia, abastecer del vital líquido a quienes no lo tienen por otros
medios, se ha desvirtuado desde sus orígenes por el uso y abuso del poder arbitrario
cuyos tenedores pisotearon acuerdos, tratados y convenios, suplantando el
derecho a ser oídos por parte, incluso, de entidades federales. Son estas
mismas las que hoy se exhiben como lastres de un pasado inmediato viciado por
la ilegalidad, el desdén hacia el Estado de Derecho y la propensión a imponer
la impunidad.
Así, lo que hubiese sido gran
oportunidad para unir a los sonorenses: el agua, se ha vuelto ocasión para
abrir fisuras y discordias entre la sociedad del norte y la del sur. Es motivo
para empuñar afilados arietes por los hambrientos de poder. Hoy en día, Sonora
es botín de la política y señuelo para los aventureros de siempre: autoproclamados
salvadores y redentores de la sociedad.
Vuelve, por si hiciese falta, el monstruo de mil
cabezas al que se refería José Francisco
Velasco en “Noticias estadísticas del Estado de Sonora (1850)”. Los apaches estarían regresando para aplastar
a los indefensos “yoris” y llegan aquéllos para espantar con exceso de
irascibilidad, de odio y hasta de salvajismo, dispuestos a terminar con todo.
Sin embargo, los yoremes de la Tribu Yaqui, patriotas sin duda, están
dispuestos a impedir los saqueos y las vejaciones. Velan por la sobrevivencia y
la dignidad.
Es
cierto que hay gente coludida, cuyo cinismo y falta de respeto a la legalidad, las
hace verdadero “Caballo de Troya”, al que habrá
que denunciar por todos los medios.