Pocas
ciudades existen en el atlas nacional como la que encabeza el municipio de
Cajeme. En el mapa de la República, las hay que simbolizan reductos de
colonialismo, Otras son baluartes con el
propósito de resguardar soberanía y autodeterminación. Muestran varias más los
rigores de los años; preservan, no obstante, tesoros en sus museos y en la
fachada de sus edificios.
Ciudad
Obregón, en el municipio de Cajeme, forma parte de la reducida nómina de urbes
jóvenes. Vive la plenitud de su juventud, pujante en sus dimensiones espaciales.
A la fecha se ve en la mira de ambiciones ajenas a su proyecto ideal y su
destino real.
Nació
al par de la gesta posrevolucionaria que hizo del país un nuevo hábitat para
una sociedad en vías de integración cultural, económica y social. Sus
fundadores la edificaron con miras a fortalecer su desarrollo territorial,
haciendo acopio de energías, recursos y capacidades en aras de que fuese
metrópoli de una comunidad nueva, distinta a las organizaciones que, a corta
distancia, tenían ya rumbo e identidad.
La
ciudad pasó de la infancia a la adolescencia con paso raudo, al par de su
crecimiento agroindustrial visto por muchos como “milagro” más que como la suma
de voluntades, del trabajo organizado y de la visión de sus dirigentes.
Al
ir creciendo resolvía sobre la marcha carencias pospuestas, demandas
acumuladas, entre otras en el área del urbanismo, la salud y en el vasto
espacio de la educación media, media superior y superior, hasta obtener
merecidos y amplios reconocimientos como ciudad con el prestigio institucional
que le dan sus tecnológicos y universidades públicas y privadas.
En
la pugna por el poder político, se pretende colocar a Cajeme y a su ciudad
capital en el ojo del huracán por la
tradicional disputa del “quítate que me pongo yo”. Así, se le quiere volver
botín político a Cajeme municipio, a
Cajeme digital, a Cajeme con liderazgo educativo; al Cajeme, en fin, con
historial de hombres emprendedores y capaces de hacer del campo un emporio
productivo y ahora en vías de poner las bases para formar sus propios
planificadores, investigadores y promotores del saber práctico y del
conocimiento teórico.
El
alcalde Rogelio Díaz Brown, reconocido en plano nacional por su mano firme en
la resolución de asuntos pendientes, con visión de futuro para la reconstrucción
del ámbito municipal en proyecto social, económico y cultural, en beneficio de
la posteridad, sale al paso de acechanzas embozadas en “campañas negras”, dice.
Y pone ejemplo, entre tantos, de su determinación de remozar
físicamente la urbe: calles pavimentadas y luminarias que impidan la
proliferación de fantasmas que roban y asesinan.
Le
apoyan en su benemérita actividad funcionarios como el secretario municipal,
doctor Antonio Alvídrez Labrado, quien sale al frente para exigir que se
cumplan los reglamentos, acuerdos y
protocolos a cabalidad. Además, secretarios como Luis Humberto Meza a cuyo cargo
está el desarrollo urbano, las obras públicas y el cuidado de la ecología. Y en
el mismo orden, el titular de Imagen Urbana, Gilberto Cornejo Clark, cuya
experiencia y honestidad garantizan que la ciudad sea paradigma de limpieza,
lucimiento y atención diligente a todo aquello que, siendo parte del ornato,
contribuye decisivamente a la seguridad, el confort y la convivencia en paz
segura y productiva.
Pide
el munícipe de Cajeme, Díaz Brown que los acuerdos y los convenios sean
acatados en todos sus aspectos, poniendo él mismo claro ejemplo a fin de que
los subalternos, desde el más alto hasta el más modesto, palabra por palabra,
concepto por concepto, hagan valer el “Pacta sunt Servanda”, brújula que
conduce y orienta, antorcha que hace confiable y digna la convivencia.