Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







martes, 20 de mayo de 2014

CIUDAD OBREGÓN, LIDERAZGO CON SENTIDO SOCIAL


Pocas ciudades existen en el atlas nacional como la que encabeza el municipio de Cajeme. En el mapa de la República, las hay que simbolizan reductos de colonialismo,  Otras son baluartes con el propósito de resguardar soberanía y autodeterminación. Muestran varias más los rigores de los años; preservan, no obstante, tesoros en sus museos y en la fachada de sus edificios.
Ciudad Obregón, en el municipio de Cajeme, forma parte de la reducida nómina de urbes jóvenes. Vive la plenitud de su juventud, pujante en sus dimensiones espaciales. A la fecha se ve en la mira de ambiciones ajenas a su proyecto ideal y su destino real.
Nació al par de la gesta posrevolucionaria que hizo del país un nuevo hábitat para una sociedad en vías de integración cultural, económica y social. Sus fundadores la edificaron con miras a fortalecer su desarrollo territorial, haciendo acopio de energías, recursos y capacidades en aras de que fuese metrópoli de una comunidad nueva, distinta a las organizaciones que, a corta distancia, tenían ya rumbo e identidad.
La ciudad pasó de la infancia a la adolescencia con paso raudo, al par de su crecimiento agroindustrial visto por muchos como “milagro” más que como la suma de voluntades, del trabajo organizado y de la visión de sus dirigentes.
Al ir creciendo resolvía sobre la marcha carencias pospuestas, demandas acumuladas, entre otras en el área del urbanismo, la salud y en el vasto espacio de la educación media, media superior y superior, hasta obtener merecidos y amplios reconocimientos como ciudad con el prestigio institucional que le dan sus tecnológicos y universidades públicas y privadas.
En la pugna por el poder político, se pretende colocar a Cajeme y a su ciudad capital  en el ojo del huracán por la tradicional disputa del “quítate que me pongo yo”. Así, se le quiere volver botín político a  Cajeme municipio, a Cajeme digital, a Cajeme con liderazgo educativo; al Cajeme, en fin, con historial de hombres emprendedores y capaces de hacer del campo un emporio productivo y ahora en vías de poner las bases para formar sus propios planificadores, investigadores y promotores del saber práctico y del conocimiento teórico.
El alcalde Rogelio Díaz Brown, reconocido en plano nacional por su mano firme en la resolución de asuntos pendientes, con visión de futuro para la reconstrucción del ámbito municipal en proyecto social, económico y cultural, en beneficio de la posteridad, sale al paso de acechanzas embozadas en “campañas negras”, dice. Y pone  ejemplo,  entre tantos, de su determinación de remozar físicamente la urbe: calles pavimentadas y luminarias que impidan la proliferación de fantasmas que roban y asesinan.
Le apoyan en su benemérita actividad funcionarios como el secretario municipal, doctor Antonio Alvídrez Labrado, quien sale al frente para exigir que se cumplan los  reglamentos, acuerdos y protocolos a cabalidad. Además, secretarios como Luis Humberto Meza a cuyo cargo está el desarrollo urbano, las obras públicas y el cuidado de la ecología. Y en el mismo orden, el titular de Imagen Urbana, Gilberto Cornejo Clark, cuya experiencia y honestidad garantizan que la ciudad sea paradigma de limpieza, lucimiento y atención diligente a todo aquello que, siendo parte del ornato, contribuye decisivamente a la seguridad, el confort y la convivencia en paz segura y  productiva.

Pide el munícipe de Cajeme, Díaz Brown que los acuerdos y los convenios sean acatados en todos sus aspectos, poniendo él mismo claro ejemplo a fin de que los subalternos, desde el más alto hasta el más modesto, palabra por palabra, concepto por concepto, hagan valer el “Pacta sunt Servanda”, brújula que conduce y orienta, antorcha que hace confiable y digna la convivencia.