Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







miércoles, 14 de mayo de 2014

EN MEMORIA DE G. H. RODRÍGUEZ

                                                                                                        

  (A 25 años del adiós)
Mostró nuevos caminos al andar. Hizo transitables las antiguas veredas de la enseñanza y el aprendizaje, convirtiéndolas en espaciosas vías informativas para la formación profesional en su más amplio sentido. Rompió con los viejos moldes educativos y demostró, con el ejemplo, que el vino nuevo requiere de odres nuevos.
Fue malentendido, incomprendido por sus pares en el oficio de educar y por sus contemporáneos en el método de pensar. Enseñaba con la pasión pedagógica, según la cual la comunicación del saber es tarea común: del maestro y los alumnos.
Profesaba la convicción de que el maestro no es imitador de verdades, transmisor de certezas; que el aprendiz es sólo un ente pasivo dispuesto a recoger lo que se le transmite como si fuese mudo receptáculo.
Una y otra vez insistía en que antes de hacer caminos nuevos, inéditos, había que despojarse, como si fuesen ropas inútiles e incómodas, de prejuicios y consejas. Concebía los prejuicios como es todo aquello que impide la formulación de hipótesis, dudas y conjeturas previas al acto de indagar y formular conclusiones.
En esto, procedía como el clásico maestro de la duda y del lema en el sentido de que para conocer algo es requisito metódico conocerse, antes, a sí mismo. Daba la impresión, sobre todo entre los primerizos en el salón de clases, en la Facultad universitaria, que actuaba al modo de los oficiantes o de seguidores según la religión órfica a fin de purificar el cuerpo y la mente con antelación a la práctica ritual.
Al poco andar, la confusión se volvía claridad: los prejuicios no eran, así, sino la segunda naturaleza, con todo y escudo y yelmo, para defenderse de los temores y del miedo a la libertad y a la responsabilidad.
La ideología y los rituales místicos, enseñaba, tienen en común el anhelo de pertenecer a un cuerpo común, superior, que está por encima de todo. Comparten el anhelo de perpetuidad a través de entidades o seres sobrehumanos y, por lo mismo, trascendentes.
Dio a la enseñanza el carácter de un diálogo abierto, ininterrumpido, tendente a la claridad y a la discusión, sin afanes de gratuita competitividad  o prepotencia. Que gane para su causa, daba a entender, el mejor con el mejor argumento, la tesis más coherente: la posición lógicamente sostenible. Dejó obras que esperan la retadora tarea de ponerla al alcance de los estudiosos, referentes a los presocráticos, a Sócrates y Platón; a los empiristas ingleses, al maestro de maestros, Kant, y a sus ilustres sucesores de Marburgo y de la Escuela de Viena.  
Fue un campeón de la libertad de la investigación y de la enseñanza en las aulas de Filosofía y Letras, desde los años cuarenta hasta su jubilación en la década de los sesenta.
Dejó obras que tienen el hálito de la frescura y la lozanía de la novedad y la creatividad.
Trajo a las aulas universitarias de la UNAM, las enseñanzas de los sofistas, por cierto denostados por más de dos mil años. Fue el primero en difundir  desde el primer tercio del siglo XX las fuentes del criticismo en un medio dominado por los dogmatismos ideológicos. Introdujo la erística, la polémica filosófica y la libre discursión de las ideas en la Facultad. Murió en mayo de 1989,  en la ciudad y puerto de Veracruz.  No obstante, sigue con vida intelectual, filosófica y educativamente,

Su nombre: Guillermo Héctor Rodríguez, sucesor de Gorgias y Protágoras, de Isócrates y Calicles. Continuador del aún incomprendido Sócrates de Atenas. Fue el maestro de la ética de la libertad y la responsabilidad. Continuador, en fin, de Kant, Cohen y Hans Kelsen, clásicos del criticismo.