Mostró
nuevos caminos al andar. Hizo transitables las antiguas veredas de la enseñanza
y el aprendizaje, convirtiéndolas en espaciosas vías informativas para la
formación profesional en su más amplio sentido. Rompió con los viejos moldes
educativos y demostró, con el ejemplo, que el vino nuevo requiere de odres
nuevos.
Fue
malentendido, incomprendido por sus pares en el oficio de educar y por sus
contemporáneos en el método de pensar. Enseñaba con la pasión pedagógica, según
la cual la comunicación del saber es tarea común: del maestro y los alumnos.
Profesaba
la convicción de que el maestro no es imitador de verdades, transmisor de
certezas; que el aprendiz es sólo un ente pasivo dispuesto a recoger lo que se
le transmite como si fuese mudo receptáculo.
Una
y otra vez insistía en que antes de hacer caminos nuevos, inéditos, había que
despojarse, como si fuesen ropas inútiles e incómodas, de prejuicios y
consejas. Concebía los prejuicios como es todo aquello que impide la
formulación de hipótesis, dudas y conjeturas previas al acto de indagar y formular
conclusiones.
En
esto, procedía como el clásico maestro de la duda y del lema en el sentido de
que para conocer algo es requisito metódico conocerse, antes, a sí mismo. Daba
la impresión, sobre todo entre los primerizos en el salón de clases, en la
Facultad universitaria, que actuaba al modo de los oficiantes o de seguidores según
la religión órfica a fin de purificar el cuerpo y la mente con antelación a la práctica
ritual.
Al
poco andar, la confusión se volvía claridad: los prejuicios no eran, así, sino
la segunda naturaleza, con todo y escudo y yelmo, para defenderse de los
temores y del miedo a la libertad y a la responsabilidad.
La
ideología y los rituales místicos, enseñaba, tienen en común el anhelo de
pertenecer a un cuerpo común, superior, que está por encima de todo. Comparten
el anhelo de perpetuidad a través de entidades o seres sobrehumanos y, por lo mismo,
trascendentes.
Dio
a la enseñanza el carácter de un diálogo abierto, ininterrumpido, tendente a la
claridad y a la discusión, sin afanes de gratuita competitividad o prepotencia. Que gane para su causa, daba a
entender, el mejor con el mejor argumento, la tesis más coherente: la posición
lógicamente sostenible. Dejó obras que esperan la retadora tarea de ponerla al
alcance de los estudiosos, referentes a los presocráticos, a Sócrates y Platón;
a los empiristas ingleses, al maestro de maestros, Kant, y a sus ilustres
sucesores de Marburgo y de la Escuela de Viena.
Fue
un campeón de la libertad de la investigación y de la enseñanza en las aulas de
Filosofía y Letras, desde los años cuarenta hasta su jubilación en la década de
los sesenta.
Dejó
obras que tienen el hálito de la frescura y la lozanía de la novedad y la
creatividad.
Trajo
a las aulas universitarias de la UNAM, las enseñanzas de los sofistas, por
cierto denostados por más de dos mil años. Fue el primero en difundir desde el primer tercio del siglo XX las fuentes
del criticismo en un medio dominado por los dogmatismos ideológicos. Introdujo
la erística, la polémica filosófica y la libre discursión de las ideas en la Facultad.
Murió en mayo de 1989, en la ciudad y
puerto de Veracruz. No obstante, sigue
con vida intelectual, filosófica y educativamente,
Su
nombre: Guillermo Héctor Rodríguez, sucesor de Gorgias y Protágoras, de Isócrates
y Calicles. Continuador del aún incomprendido Sócrates de Atenas. Fue el
maestro de la ética de la libertad y la responsabilidad. Continuador, en fin,
de Kant, Cohen y Hans Kelsen, clásicos del criticismo.
