En
una democracia auténtica, cabal, no tienen lugar los chantajes ni los secretos.
La transparencia es regla de oro.
La renegociación
del TLC ha dado mucho qué decir al grado que se ha mencionado la posibilidad de
poner fin a la relación multilateral que ha prevalecido desde 1994.
Gran
Bretaña ha dado el difícil paso, tomando la decisión de finiquitar su adhesión
a la Unión Europea (UE) en todo aquello que ha significado un ejemplo a seguir
en la ardua tarea de hacer de lo económico una puerta abierta hacia la
cooperación y la convivencia en paz y armonía.
Sin embargo, aquí el
cielo comienza a despejarse.
Al
igual que después de los ciclones y los temblores, el firmamento deja ver las
estrellas y las auroras pueden verse iluminadas por el naciente sol.
Trabajadores
y hombres de negocios advierten, con explicable optimismo, la última fase de
las negociaciones como una ventana plena de posibilidades y expectativas
favorables.
En
vez de la zozobra que envolvió las primeras rondas de encuentros entre los
países que están involucrados en el Tratado, ven en cambio, con la mirada
confiada, y hasta vislumbran grandes esperanzas en los acuerdos que se tomen,
incluyendo por supuesto la participación del gigante industrial, los Estados
Unidos de América.
La
paz por medio del Derecho vuelve a esclarecer los caminos en esta compleja
relación tripartita dentro de la cual es factor descollante la equidad como
principio y la igualdad de oportunidades norma a proseguir.
Lo
que se apruebe en Otawa será la gran campanada para la continuidad y el
enriquecimiento de otros arreglos más que permitan el logro de lo que el
secretario canadiense de Finanzas ha dicho: acerca de la añorada meta: ser
socios en la prosperidad.
A
título de ejemplos, cabe citar casos que ameritan mociones de urgente resolución: salvaguardas laborales más consistentes,
fortaleza en las disposiciones ambientales,, toma de conciencia ante los problemas derivados del cambio climático,
etcétera.
Hoy
en día el tema de la inmigración es manipulado como una amenaza real y latente
en las relaciones entre los países altamente desarrollados y los menos
afortunados. El libre y responsable derecho de tránsito ha sido sustituido por
muros y murallas infranqueables, rodeado todo con amenazas de conflictos
bélicos y de exterminio.
El
tema de los aranceles ocupa, ciertamente, un sitio importante, pero hay en
principio fórmulas que pueden confluir en avenencias y que no terminen en
abusos y discrepancias.
Nació
el TLC como una simiente de la que se esperaban resultados positivos en materia
diplomática, en la derrota de la pobreza, en la cooperación y el intercambio de
experiencias, en el desarrollo del comercio, de la industria y de la banca, para
citar algunos de los objetivos. A la fecha, en víspera de ventilarse
nuevamente.
La
negociación, la gran negociación es lo que se espera de la reunión cumbre en
Canadá. No la declinación, ni la ruptura definitiva.
Es
verdad que el TLC no es la llave milagrosa que abre puertas y vestíbulos ahí en
donde proliferan las mazmorras, las murallas y los muros oprobiosos de la
discriminación a ultranza.
Es una oportunidad
para el intercambio no sólo de enseres y bienes.
La sociedad
cosmopolita lo considera una compuerta para la paz en el porvenir. De ahí que
renovarlo es ponerlo en mejores condiciones de eficacia y eficiencia.