Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







lunes, 4 de septiembre de 2017

SOCIEDAD ABIERTA: EL COSMOPOLITISMO

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Con el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la paz perpetua de Kant y el sueño cosmopolita del mandatario Wilson, pasan por la más aguda crisis de la historia reciente.
La Sociedad de Naciones  en su momento y ahora la Organización de Naciones Unidas (ONU) enfrentan una dura embestida, cuando todo hacía suponer que nos encontrábamos en los umbrales de un cosmopolitismo renovado.
Las amenazas bélicas entre Norcorea y Washington no dejan de causar un sinfín de resquemores en el ánimo de los estadistas del mundo, sin descontar que podrían ser meras expresiones sin sustento, con  móviles publicitarios y premoción comercial.
Las sociedades abiertas no son utopías y lucubraciones fantasiosas.
En gran medida, la forman aquellos estados amantes de la democracia. Sus líderes y ciudadanos están convencidos de que la cooperación y el intercambio, la apertura de fronteras y de mercados son condiciones de convivencia en paz y armonía.
La configuración de la Unión Europea (UE) fue la gran campanada que se hizo oír en el mundo contemporáneo, llamando a la concordia y a la libre concurrencia. Con una moneda común y fronteras accesibles entre sí, el mosaico de naciones del Viejo Mundo dio la impresión de ser una obra que se aproximaba a lo magistral y a lo ejemplar.
El retiro de Inglaterra de la UE es, en cambio, una franca debacle que hace avizorar momentos difícilmente previsibles.
En el llamado Nuevo Mundo, en América, las cosas no difieren en mucho con lo anterior. La renegociación del TLC es ocasión para cerrar compuertas y puertas de  libre acceso. Las amenazas del Presidente Trump de abandonar el Tratado tienen el virus del aislacionismo que va contra la corriente de una sociedad mundial cosmopolita en la cual la comprensión y el ideal del igualitarismo, así como la compartición del progreso y el desarrollo quedarían muy atrás.
No sólo eso.
Las murallas de la desconfianza y el resquemor; la retórica del autoritarismo
y del racismo resurgen como una advertencia que es necesario vencer con los recursos del diálogo y la negociación antes de que los  regímenes autoritarios fabriquen cadenas imposibles de romper.
Los muros dividen, separan. Y habrá que reconocer que, asimismo, protegen. Hay de muros a muros, en otras palabras.
Están los muros de la incomprensión, de la ignominia, erigidos como escudos para impedir daños  de incursiones extrañas, con el objeto de salvaguardar las fronteras de acosos y depredaciones.
Pero también están los muros de la discordia, del racismo y de la enajenación.
Son éstos los que se pretende construir para impedir la migración indeseable, por parte del Presidente Trump. Tienen consigo el germen discriminador, la llave para cancelar el ingreso a suelo prohibido por quienes procuran trabajo y bienestar para los suyos. Harán del “sueño americano” la pesadilla de sus vidas.
Norteamérica, en particular, el país que gobierna Donald Trump, es la nación de inmigrantes por antonomasia. Es el país que ha contribuido en gran medida al universalismo. Patria de la tolerancia, el racismo fue, hasta Luther King, el último reducto de la discriminación.
Obama, el ex presidente y señor en la Casa Blanca durante ocho años, puso fin al reinado del hombre blanco en la cúpula presidencial. La sociedad abierta y el cosmopolitismo impulsado por la corriente demócrata dieron su última y más sonora batalla en favor del igualitarismo en la disputa por el poder político.
Hoy están a la deriva en el mundo los valores de la tolerancia, el libre y responsable tránsito de enseres y personas. Y avanza temerariamente la sociedad cerrada con todo y sus prejuicios medievales.