Con el Presidente
de Estados Unidos, Donald Trump, la paz perpetua de Kant y el sueño cosmopolita
del mandatario Wilson, pasan por la más aguda crisis de la historia reciente.
La
Sociedad de Naciones en su momento y ahora
la Organización de Naciones Unidas (ONU) enfrentan una dura embestida, cuando
todo hacía suponer que nos encontrábamos en los umbrales de un cosmopolitismo
renovado.
Las
amenazas bélicas entre Norcorea y Washington no dejan de causar un sinfín de
resquemores en el ánimo de los estadistas del mundo, sin descontar que podrían
ser meras expresiones sin sustento, con
móviles publicitarios y premoción comercial.
Las sociedades
abiertas no son utopías y lucubraciones fantasiosas.
En
gran medida, la forman aquellos estados amantes de la democracia. Sus líderes y
ciudadanos están convencidos de que la cooperación y el intercambio, la
apertura de fronteras y de mercados son condiciones de convivencia en paz y
armonía.
La
configuración de la Unión Europea (UE) fue la gran campanada que se hizo oír en
el mundo contemporáneo, llamando a la concordia y a la libre concurrencia. Con
una moneda común y fronteras accesibles entre sí, el mosaico de naciones del
Viejo Mundo dio la impresión de ser una obra que se aproximaba a lo magistral y
a lo ejemplar.
El
retiro de Inglaterra de la UE es, en cambio, una franca debacle que hace
avizorar momentos difícilmente previsibles.
En
el llamado Nuevo Mundo, en América, las cosas no difieren en mucho con lo
anterior. La renegociación del TLC es ocasión para cerrar compuertas y puertas
de libre acceso. Las amenazas del
Presidente Trump de abandonar el Tratado tienen el virus del aislacionismo que
va contra la corriente de una sociedad mundial cosmopolita en la cual la
comprensión y el ideal del igualitarismo, así como la compartición del progreso
y el desarrollo quedarían muy atrás.
No sólo eso.
Las
murallas de la desconfianza y el resquemor; la retórica del autoritarismo
y
del racismo resurgen como una advertencia que es necesario vencer con los
recursos del diálogo y la negociación antes de que los regímenes autoritarios fabriquen cadenas
imposibles de romper.
Los
muros dividen, separan. Y habrá que reconocer que, asimismo, protegen. Hay de
muros a muros, en otras palabras.
Están
los muros de la incomprensión, de la ignominia, erigidos como escudos para
impedir daños de incursiones extrañas,
con el objeto de salvaguardar las fronteras de acosos y depredaciones.
Pero también están
los muros de la discordia, del racismo y de la enajenación.
Son éstos
los que se pretende construir para impedir la migración indeseable, por parte
del Presidente Trump. Tienen consigo el germen discriminador, la llave para
cancelar el ingreso a suelo prohibido por quienes procuran trabajo y bienestar
para los suyos. Harán del “sueño americano” la pesadilla de sus vidas.
Norteamérica,
en particular, el país que gobierna Donald Trump, es la nación de inmigrantes
por antonomasia. Es el país que ha contribuido en gran medida al universalismo.
Patria de la tolerancia, el racismo fue, hasta Luther King, el último reducto
de la discriminación.
Obama,
el ex presidente y señor en la Casa Blanca durante ocho años, puso fin al
reinado del hombre blanco en la cúpula presidencial. La sociedad abierta y el
cosmopolitismo impulsado por la corriente demócrata dieron su última y más
sonora batalla en favor del igualitarismo en la disputa por el poder político.
Hoy están a la
deriva en el mundo los valores de la tolerancia, el libre y responsable
tránsito de enseres y personas. Y avanza temerariamente la sociedad cerrada con
todo y sus prejuicios medievales.