Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







domingo, 24 de septiembre de 2017

SEPTIEMBRE: NUESTRO MES SOMBRÍO

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Hasta hace poco este mes, septiembre, había sido el mes de los informes. En el calendario político, para nosotros, desde muy pequeños, significaba el Mes de la Patria. Hacia mediado del mes, las fiestas pueblerinas se engalanaban con los tradicionales fuegos artificiales.
La pirotecnia, entonces, era el atractivo principal entre chicos y grandes.
Después, llegaron las inundaciones. Más tarde, los temblores y los terremotos.
Para los habitantes de la capital, cada 19 de este mes está marcado como el día de las desgracias para centenares y hasta miles de hogares víctimas de luto: orfandad y perenne soledad.   
Los jóvenes en 1985, hoy hombres y mujeres de edad madura, no olvidarán jamás las horas angustiosas y dramáticas de aquella fecha.
Hoy, de nueva cuenta, la llamada madre Naturaleza ha dejado sentirse por medio de dos de sus armas mortíferas: huracanes y sismos.
Su furia se ha hecho sentir hasta los rincones más insospechados. Por caso, la remota región montañosa de Madera, en el Estado de Chihuahua, en cuyos espacios jamás se había sentido conmoción alguna desde las entrañas de la tierra. Da la impresión de que no ha quedado lugar, rincón alguno, en donde las tormentas y las conmociones terrestres no hayan hecho acto de presencia.
Chiapas, Oaxaca y Tabasco, Puebla y Morelos, la capital de México, son entidades en cuyos territorios los damnificados se cuentan por miles y miles. Es decir, por millones de personas que han quedado sin techo, sin escuela, sin clínicas y hospitales.
El espíritu de solidaridad emerge aquí y allá, con el generoso propósito de contrarrestar la ola de dolor y el cúmulo de las desgracias que penden como una siniestra amenaza de exterminio.
Atrás, muy atrás, quedan los malos entendidos entre vecinos colindantes. Los muros y murallas son obra más que diabólica.
 Con todo, no deja de haber dirigentes nacionales que sobrellevan el título de líderes en sus primitivistas organizaciones y colectividades, que prosiguen la política de la provocación y lanzan irresponsablemente amenazas a los cuatro vientos y misiles sobre el firmamento de naciones pacifistas. Norcorea sobresale en esta práctica vil.
Personas de la tercera y última edad ven con profunda satisfacción  a sus hijos y a sus nietos dar el mejor ejemplo de solidaridad, de comprensión y caridad (en el mejor sentido del  término), en estas horas difíciles de abrumadora desolación.
Alimentos y medicinas, pero también casas de campaña alivian del hambre, las heridas y el desamparo, sin más motivación que la de compartir lo que está al alcance de sus pocos haberes.
La vieja consigna de Hobbes en el sentido de que el “hombre es lobo para el hombre”, cesa en sus llamados al odio y al rencor para dejar vía libre a lo mejor de lo humano: la generosidad, la bonhomía y la filantropía.
La hora de los buitres de la política mal entendida, de la politiquería, y de los aprendices de ésta, ha quedado a la vera del camino. Como si fuese patrimonio de ellos, de los partidos políticos a que pertenecen; es decir, de recursos ganados por esfuerzo propio, proponen devolver lo que nunca ha sido de ellos.
No obstante, les favorece el gesto de esta gente por lo que representa, pues no deja de ser una forma de allegarse feligreses incautos. Y en estos momentos de infortunio, tiene el significado de sumarse obligadamente al sentir social entre los hogares y las familias en suma y devastadora desgracia.
Septiembre, Mes de la Patria, se nos ha vuelto en mes sombrío y lleno de tinieblas.

Queda para la posteridad, sin embargo. obtener las enseñanzas ocultas entre los pliegues de la muerte y la orfandad.