Mal, pésimamente,
se encuentran a la fecha las relaciones entre México y los Estados Unidos.
El muro incómodo o
de la incomprensión hace su parte. La
inmigración, la suya. Y por si faltase algo, las negociaciones del TLC son
cuesta arriba.
El ingrediente de
la equidad se echa de menos en todo: tratados y contratos carecen de validez y
eficacia.
El totalitarismo
la arbitrariedad y la imposición, ganan
la batalla.
La noción de buena
vecindad está ausente. Y la impresión inmediata es la de que nunca ha hecho
acto de presencia.
Ahora bien, ¿la
igualdad se produce sólo entre iguales?
¿No es posible, por
caso, el igualitarismo entre poderosos y débiles?
Viene
a la mente lo anterior por lo que ocurre como trasfondo de las reuniones
diplomáticas y de negocios. Las amenazas del presidente estadunidense, Donald
Trump contribuyen a enrarecer más el clima de los encuentros.
Por
otra parte, la buena vecindad, ¿ha ocurrido alguna vez en la cual el poderoso
haya sido solícito, compartido, desinteresado y, por tanto, generoso y noble en
los tratos?
El
afán de dominio y predominio es parte constitutiva en la voluntad, por el lado
del más fuerte.
Los
imperios, bien lo sabemos, fundan su razón de ser en la conquista de
territorios y viven y se expanden a través del tiempo, como si en ello
estuviesen esperando trofeos y vítores. Hemos sido, bajo ese punto de vista, víctimas
del despojo de una gran porción de nuestro territorio soberano Desde entonces, somos vecinos distantes,
vecinos afrentados.
Los
más recientes gestos de autoritarismo del Presidente de Estados Unidos en torno
a la migración, a los llamados “dreamers” y tocante al TLC, nos llevan a
protestar por una dramática situación de hecho: como los parientes pobres, somos
objeto de escarnios, de maltratos, de reiteradas humillaciones. La
justificación y sustento proviene del arrogante totalitarismo cuya arma
principal es el terrorismo.
¿Habría
que olvidar, sin embargo, que aún en la pobreza el débil puede ayudar al fuerte?.
¿Y que en un momento dado, el pobre puede socorrer al potentado?.
Y no
habría por qué dejar de reconocer que el necesitado, por su misma situación de
precariedad, tratara de obtener alguna ventaja de la supuesta magnanimidad del
fuerte.
Así
las cosas, vistas de esta manera, la buena vecindad siempre tendrá algo o mucho
de inequidad, de injusticia, de sobreexplotación ypropósitos de sometimiento.
Aquí, los asuntos
adquieren nuevo giro.
En
el caso de los migrantes mexicanos en aquel territorio, muchos de ellos en
bvusca de mejores condiciones de vida, empleo y compensaciones, merecen un
trato laboral decoroso en la medida que son personas que ganan con su trabajo
los estipendios que se les otorgan. No lo hacen de manera solapada.
En
ese sentido, nada justifica la andanada de adjetivos infundados que los han
hecho objeto de ironías y aun de acusaciones descabelladas. Mucho menos de la
autoridad ejecutiva, como ha sucedido por los pronunciamientos de Donald Trump.
La mención de “criminales”, de introductores de droga y de maleantes, es
indigna por parte de quienes sufren tales ofensas; también indigna en labios de
quien los convalida.
Otro
punto clave en la relación de vecindad a que nos referimos, es la renegociación
del Tratado de Libre Comercio.
Es el nuevo capítulo de nuestra convivencia con
el poderoso del Norte. Nos hallamos, en consecuencia, en espera de lo que
podría ser una gran negociación.