Por
iniciativa propia, lo cual dice más que suficiente acerca de su perspicacia
intelectual, Juan Felipe Santana Mora, en información de “Gaceta” de la Escuela
Nacional Preparatoria, alumno de esa institución, puso en marcha con el aval de
sus maestros y de la Dirección General a cargo de Silvia E. Jurado Cuéllar, la
primera campaña de concientización con las preguntas que titulamos nuestro
comentario.
Motivado
este proyecto por el trato enojoso del actual titular del Ejecutivo
estadounidense hacia la comunidad extranjera en aquel país, particularmente
hacia nuestros connacionales, la reflexión va de lo inmediato a lo mediato, de
lo meramente circunstancial a las raíces del asunto; es decir, a la
identificación de nuestras raíces.
Ciertamente,
hacia el primer tercio de la pasada centuria, Samuel Ramos, filósofo y maestro
de varias generaciones en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, lo mismo que Octavio Paz, Premio Nobel, y muy
distinguido escritor, se ocuparon de examinar el sentido del ser del mexicano.
Otros destacados
estudiosos se han dedicado a esclarecer el problema.
El
ensayo del ilustre historiador don Edmundo O´Gorman, “La invención de América”,
da sustento inequívoco al tema, convirtiendo las conjeturas y las alusiones en
follajes del sugerente encuentro con los orígenes de nuestro ser, por encima de
lo psicológico o meramente antropológico.
No
obstante, a la luz de los sucesos presentes, cambiantes por cierto, la campaña
del joven preparatoriano adquiere el sentido que conduce a repensar no sólo
nuestro pasado, sino el presente con todos sus pormenores y se imbrica en el
nebuloso e incierto futuro, con la finalidad de saber qué más somos o qué más
podemos llegar a ser.
En
el trasfondo, acecha la cuestión de nuestra vecindad. Especialmente, aquella
vecindad que en mucho nos atañe, más de lo que a la fecha se cuestiona: el
asunto migratorio, la discriminación, el sigiloso acecho que se percibe por la
sed que producen nuestros de por sí menguados recursos y bienes materiales.
Santana
Mora nos convoca a conocernos en el vasto espejo de nuestra historia, única
forma para dilucidar el insoslayable
enigma que consiste en saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Pero
también nos convoca a saber quiénes son nuestros vecinos del Norte. De dónde
vienen, cómo y porqué llegaron hasta acá y cuál será su destino.
Son migrantes en
sus orígenes. Pero, ¿qué los empujó para cruzar el océano?
El
repensar nuestra vecindad no termina ni se agota con los oscuros capítulos que
dieron alas a su expansionismo territorial de hace más de un sesquicentenario.
Hay ahí rencores
no superados y odios mal encubiertos.
Es
posible que nos encaminemos hacia una nueva relación. Hacia una vecindad con
beneficios mutuos que no terminan en lo comercial ni en lo laboral. Tampoco en
la migración, confusa, profusa y difusa hasta ahora y por ahora.
Las cartas se
están poniendo sobre la mesa. El acomodo y reacomodo da comienzo. No todo está
escrito.
Los
Estados Unidos, con todo lo que ocurre, es un gran imperio, a nuestro modo de
ver similar al de Alejandro Magno.
Lo
coronan metales valiosos. Es prematuro decidir si sus pies están hechos de
barro, frágil y deleznable.