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Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







lunes, 27 de marzo de 2017

IMPUNIDAD Y TERRORISMO: LA MUERTE TIENE PERMISO

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Juntos recorren el planeta lo mismo el terrorismo islámico y el crimen organizado. En Inglaterra y en Francia, al igual que en los Estados Unidos, la barbarie hace de las suyas como si el odio mezclado al rencor fuesen  uno y el mismo recurso legítimo para dirimir las controversias.
Aquí, el día del aniversario en el que fue asesinado el prócer sonorense, Luis Donaldo Colosio, fue víctima de la insania Miroslava Breach en la capital de Chihuahua en una acción por demás cobarde a manos de sicarios al servicio del llamado crimen organizado.
Días antes había sido privado de la vida el diarista veracruzano Ricardo Monlui Cabrera.
Sobra el decir que México se ha convertido en territorio en donde la impunidad pretende sentar sus reales y, desde ese nefasto predominio, trata de someter al Estado de Derecho, amenazando, agrediendo y proponiéndose nulificar la legalidad institucional, maniatar a los poderes públicos por medio del soborno y la complicidad y hacer valer, con lujo de prepotencia, lo que Edmundo Valadés transmutó en metáfora, con su proverbial talento, la verdad que hay en la expresión: “La muerte tiene permiso”.
Miroslava, periodista de larga y reconocida trayectoria, se vuelve la mujer mártir de este atardecer luctuoso en nuestro país. Originaria de un poblado del Estado Grande, Chínipas, labró con tesón admirable la carrera informativa, la actividad señera que en un tiempo fue privativa para hombres avezados, y dio a su quehacer comunicativo los blasones que dan forma y contenido al difícil, incomprendido por lo general, pero indispensable oficio de la palabra escrita.
Entendió cabalmente que los espacios de su profesión eran mucho más que foros que la retórica epidíctica utiliza como escenario para el elogio infundado, la exaltación inmerecida y para  el encomio sin límites.
Eligió, con arreglo a una ética personal ajustada a los valores de la libertad, al compromiso y a la responsabilidad, la vía de la denuncia. Es decir, se dio el margen a fin de compartir en sus escritos la voz de los que carecen de ella, o bien que no la tienen al alcance.
Escogió, así, el sendero lleno de espinas que es el de las dificultades para sostener con dignidad una postura indoblegable: la firme determinación de informar con transparencia, de enterar a los lectores con datos irrecusables, o de dar a la verdad su significado relativo y, por lo tanto, a expensas de comprobación  en la experiencia.
Los arteros criminales acallaron, ciertamente, su voz. A mansalva, como lo hacen los cobardes, la privaron de la existencia ante la mirada atónita de sus dos hijos. Sin embargo, su muerte fecundará, con su ejemplo, la actividad que más temen los criminales que acechan desde la oscuridad.
Amparados en la impunidad y la complicidad propiciada a menudo desde las esferas del poder político y económico, el terrorismo extiende su maldad valiéndose de la efectividad de sus provocaciones, amenazas y atentados. Mientras la drogadicción sigue haciendo su diabólica encomienda.
Desde hoy, el nombre de Miroslava Breach queda inscrito en la impresionante lista de mártires de la libertad de expresión.