De
manera pendular los Estados Unidos han ido, a partir de la Guerra de Secesión,
de una política orientada hacia el bienestar al otro extremo: la recesión,
presidida por el sistema monopólico o del “trust”, propio de las sociedades
herméticas; proteccionistas, en una palabra.
Se
dirá que los imperios lo son en razón de su capacidad para imponer y hacer
prevalecer, uno u otro sistema, de acuerdo con sus intereses, los que privan
dentro de sus fronteras, y no según los propósitos y necesidades de los demás.
Del
libre mercado han transitado al rígido sistema de un nacionalismo a ultranza,
el cual no tiene ojos para ver lo que ocurre en su entorno. Los aranceles están
al alcance de su mano omnímoda a fin de abrir y cerrar puertas a las
importaciones lo mismo que a las exportaciones, siempre y cuando convenga a sus
intereses.
En
favor de los grupos encumbrados en el poder convierten el Estado de bienestar
en un techo de beneficios individuales, dejando a la intemperie el resto de
comunidades que le han dado sustento y respaldo en otros tiempos.
Hoy en
día estamos asistiendo a lo que podemos interpretar como un giro de la sociedad
abierta, la del libre mercado, a una etapa guiada por el proteccionismo y la
tendencia a favorecer a los grupos poderosos, ávidos de ganancias sin límites y
ansiosos por sobreponerse a los demás, a toda costa.
Desde
el punto de vista económico, el cambio de poder en la vecina nación se ofrece
como el tránsito de una sociedad cosmopolita hacia una sociedad que abandona
las metas de la solidaridad, de la cooperación y del libre intercambio: de
mercancías para empezar, pero asimismo de bienes intangibles como los del
conocimiento, la educación y la cultura.
Muy
fuerte han sonado a oídos de los países, incluso de ultramar, los nudillos del Presidente
Trump, anunciando sin tapujos su política proteccionista que, por cierto,
comienza por echar de su territorio a los migrantes ilegales y a todo
sospechoso, por el hecho de serlo, mediante deportaciones masivas y sin
miramiento en las leyes de convivencia y la ideología universal de los Derechos
Humanos.
Por
lo que toca a nosotros, los vecinos más vapuleados en el pasado por el
expansionismo del imperio, el afán de grupos ambiciosos y la parsimonia del
Imperio para valorar la importancia de la buena vecindad, habría que poner en
la balanza los esfuerzos de nuestros gobiernos para evitar más daños de
manera innecesaria.
Mientras
aquí los representantes de la violencia exigen a la máxima autoridad una
conducta beligerante, del “tu por tu”, hay voces mesuradas, apegadas al derecho
internacional, que proponen acudir a instancias que se supone imparciales,
administradoras de la normatividad, de la cual se espera la impartición de
justicia jurídica, portadora de coercibilidad ejemplar, con el objeto de que
cese la hostilidad y los acosos improcedentes a nuestros paisanos.
Tal
es el caso de la advertencia a fin de acudir a la ONU con la encomienda de
pedir justicia sobre las redadas de indocumentados mexicanos y la relacionada ante
las amenazas arancelarias en contra de nuestras exportaciones hacia los Estados
Unidos.
Acerca del
particular, ante la Organización Mundial de Comercio.
Por
otra parte, pende sobre los ciudadanos del Imperio del norte el temor por los
alcances de una política belicista, tras los años de relativa paz interna y
exterior.
Pero aún es tiempo
para la reflexión. El Estado de Bienestar tiene metas que alcanzar. La paz por
medio del Derecho es mil veces preferible al sistema de todos contra todos.