Empieza
mal el año. Este 2017 no guarda parecido con otros, de reciente memoria.
Incluso, el de 1994, último año de la administración salinista, con todo y el
levantamiento del EZLN. Aquello fue una sacudida que repercutió en primavera y
se extendió hasta el otoño, marcado por los crímenes de Colosio y Ruiz Massieu.
El
que lleva una semana, tiene sobre sí el caos ecológico. Como si fuera poco, la
contaminación atmosférica hace su parte en la salud de los habitantes de
nuestro atribulado planeta. Los males orgánicos no se hacen esperar.
En
Oriente como en Occidente, el terrorismo tensa sus feroces garras con el afán
de socavar los cimientos de la civilización moderna en sus expresiones de
convivencia pacífica; también en sus propósitos de vida democrática.
De
manera parecida a las embestidas salvajes para derrocar, en el remoto
pasado, las bases de la cultura
occidental, asimismo los ataques frenéticos del islamismo iconoclasta se han
propuesto borrar de la faz de la tierra los avances alcanzados en el mundo con
arreglo a las libertades para pensar, creer y concebir el mundo sin ataduras
dogmáticas, prejuiciosas y primitivistas.
El
ascenso al poder en Estados Unidos del ultraconservador Donald Trump es, por
ahora, un nubarrón que mantiene en inédita confusión a los líderes de los
países satélites. Como se dice, la moneda está en el aire. Y casi todo está en
víspera de una definición ante lo que habrá que tomar decisiones que amerita la
emergencia.
El
muro de la vergüenza, las deportaciones masivas, el acoso a los inversionistas
de ultramar asentados en suelo mexicano no gratos a los señuelos imperiales,
son temas publicitarios que no dejan tranquilidad ni reposo al Gobierno de la
República, a los indocumentados que prestan servicios en la vecina nación, como
tampoco a los empresarios genuinamente nacionalistas. No a los prestanombres, claro,
depredadores y apátridas.
A
lo anterior se suma, de manera abrumadora por decir lo menos, la actitud
irresponsable y hasta sumisa, de los opositores a las políticas realizadas y en
vías de implementación del Presidente Peña Nieto.
Aludimos
al programa de reformas, entre las que destaca, en estos días, la Energética.
Cuestionada desde su planteamiento lo mismo que la Educativa, ha sido
convertida en tiro al blanco para censurar y hasta denostar la política asumida
por el Primer Mandatario.
Así,
la política contestataria pasó del ensayo crítico al furibundo rechazo verbal
por parte de la extrema izquierda. Y del preámbulo opositor al tiro al blanco a
cargo de la extrema derecha, con el contubernio de los advenedizos del arte de
ejercer la traición a mansalva.
Incluso
los beneficiados por favores desde Palacio saltaron al ruedo para vejar, practicar la infamia y
hacer ver a quien les prodigó con dádivas del poder a muchos de los que ahora
se vuelven en su contra.
Pero
dejar solo al Mandatario en su último año de gestión no deja de inquietar a
ciudadanos ajenos al ejercicio de los representantes en los negocios públicos,
a los que ven en la política no sólo el ir y venir de adhesiones y repulsas, Impresiona, además, que aquellos
considerados adherentes por convicción cedan a la tentación del parricidio, por
intereses nada claros y por franca conveniencia.
Al
capitán del navío en alta mar se debe solidaridad de la buena. A menos que la
tripulación entera se declare, en forma unánime, completamente destinada al
naufragio por la toma de decisiones erráticas del jefe del timonel.
Dejar
solo al Primer Mandatario es síntoma de traición en momentos en que se avizora
el puerto. Si son de los suyos los que desertan, el asunto es grave. Gravísimo.