Reafirmó Donald Trump
en el discurso de toma de posesión las presunciones en torno a sus propósitos y
finalidades como mandatario de la nación más poderosa del mundo: los Estados
Unidos de América. Cambia el hombre en el poder y con él cambia el Partido y los destinos del Imperio.
El Imperio será, a partir de este
día, muy otro en el lenguaje del nuevo Ejecutivo. De Imperio con dimensión
libertaria, de promotor de igualdad y defensor de los Derechos Humanos su rostro
sería el del hermetismo, el de la lucha por la supremacía absoluta, el del
acoso racial y el del solipsismo a ultranza; es decir, del presidencialismo colindante
con el fascismo.
Un imperio así, de
corte nacionalista, prepotente, amurallado, encerrado en sí mismo;
autosuficiente y ajeno a los latidos del mundo circundante es todo lo que se
quiera menos
un Estado líder,
cabeza internacional del planeta, con fronteras infranqueables al libre
comercio, al cosmopolitismo y al intercambio universal de las ideas y los
conocimientos.
Pero, a cada quien lo suyo. A los
estadunidenses que lo encumbraron toca, desde ahora, velar por su futuro
mediato e inmediato Está en juego su porvenir como nación democrática, revolucionaria y portadora de los valores más
caros a la humanidad: el igualitarismo, el régimen de la libre expresión y defensora
de los poderes constitucionales.
A los países
periféricos y de ultramar corresponde llevar a cabo, con prontitud y
responsabilidad, un autoexamen en cuanto a posibilidades de acción, asumir con
la presteza del caso las decisiones soberanas en función de sus recursos y la
administración inteligente de los mismos.
Como vecinos, a
nosotros los mexicanos corresponde efectuar un análisis ponderado de nuestras
relaciones con la vecina nación en todo lo que se refiere a relaciones
fronterizas, en aquello que la naturaleza nos impone, evaluar los tratos y
acuerdos que nos rigen en materia de recursos acuíferos, participar en la
renegociación del TLC sin entreguismos y concesiones como las que actualmente
imperan en el área de las inversiones mineras cuyas empresas envenenan, con
lujo de impunidad, los ríos, causan enfermedades en la población y daños en la
producción de alimentos.
Para comenzar, la
tarea es la de hacer efectiva la campaña de “consumir lo que producimos”, sin
caer en imitaciones extranjerizantes, ni faltar a los compromisos de
intercambio libre y equitativo de la comercialización para el desarrollo en
común.
Enseguida, obligar a
los mandatarios obsequiosos con los inversionistas foráneos, para que impidan,
con base en la legalidad, la depredación de nuestra soberanía, presionándolos a
fin de evitar el saqueo vergonzoso, a manos libres, de los bienes públicos.
En suma, vigilar las
manos y las acciones de los políticos demagogos, acotar la conducta de los
hacedores de leyes, a fin de impedir que aprueben normas lesivas a la dignidad
de los mexicanos, así como a los jueces el servir de intermediarios al servicio
de negociantes y socios del crimen organizado.
Una especie de gran
sacudida es la victoria de quien se considera enviado divino para reconstruir
las bases del gran imperio. Su discurso amenazador de todo lo que está más allá
de sus delimitaciones geográficas ha puesto ya en pie de guerra comercial a
China desde el Lejano Oriente considerada zar del comercio internacional y, por
tanto, capaz de compararse en eficacia al gigante de Norteamérica.
Lamentablemente la
educación padece la mayor crisis de nuestra reciente historia. Pero habrá que
sacar fuerzas de donde menos se espera, a fin de preparar técnicos y expertos,
así como abrir áreas de trabajo para impedir la fuga de mano de obra, que hoy
en día indigna al flamante presidente Trump.