Vuelve
a escucharse, en voz ahora de los ciudadanos, la demanda formulada al
Benemérito de la República, hará siglo y medio.
Primero
la drástica decisión de elevar el costo de la gasolina (el “gasolinazo”),
enseguida la desbordada carestía de los productos que integran la canasta
básica, denominación metafórica que nada tiene que ver con los satisfactores
elementales de los más pobres de nuestra sociedad.
Un
mandatario en soledad, abandonado a su destino por sus mismos asistentes, los de vanguardia, y por aquellos
que desempeñan labores de servicio, es un líder en bancarrota. Sin nada que
hacer, el Ejecutivo dejaría de serlo para convertirse en instrumento a fin de
encarar las tormentas y las inclemencias, sin posibilidades de evitar y menos
impedir las consecuencias.
En
el caso de nuestro Primer Magistrado, licenciado Enrique Peña Nieto, puede
decirse que tiene el timón entre sus manos, confía en el buen consejo de sus
principales colaboradores. Y cuenta aún con el respaldo popular, a pesar de las
campañas orquestadas en su contra.
A lo
anterior hay que sumar la retórica agresiva del próximo Presidente, sucesor de Barack Obama.
Así,
nada fácil es para el jefe del Ejecutivo federal, además de lo anterior,
afrontar los desahogos del ya casi Presidente Donald Trump, cuyas declaraciones
furibundas sobre todo lo que se relacione con nosotros tienen el propósito de
infamar y denostar exhibiendo a nuestros connacionales como una carga económica
y social para su país. Y como resultado publicitario: causar desprestigio al
supuesto errático desempeño y al mal
gobierno de México.
Remando
en contra de la corriente, presionado por los opositores de oficio, seguramente
mal informado por asesores incapaces de enterarlo con objetividad acerca de lo
que ocurre, la demanda es similar a la que escuchó en su momento el mandatario
Benito Juárez: “¡Ahora o nunca, señor Presidente”!
Los
tiempos que corren son los de administrar, y administrar con la mirada puesta
en los más necesitados del país. Son tiempos no para hacer política de quinta
mano, pensando en los que viven en la opulencia, en el confort que dan los
recursos mal habidos, sin tomar en cuenta la ideología que presumen y que acaso
mal entienden.
Dejando
de lado el discurso vehemente de Trump, poniendo en paréntesis la lucha
partidista del venidero 2018, haciendo caso omiso de la demagogia extremista de
derechas e izquierdas, el reclamo popular es volver hacia nosotros mismos,
practicar la introspección con la finalidad de saber el fondo de nuestras
peripecias y calamidades.
Y en
especial, con el propósito de corregir y enmendar las anomalías presentes y
para lograr un sano y eficaz ejercicio de las libertades y garantías de que
gozamos en la letra consagrada por nuestros códigos normativos.
“¡Ahora
o nunca, señor Presidente!” es mucho más que un grito demagógico emanado de
gargantas seudonacionalistas. Es el clamor ciudadano y la voz en firme que pide
al Ejecutivo que se cumplan propuestas en el sentido de disminuir, por ejemplo,
presupuestos a los partidos políticos y limitar el dispendio corruptor que
llevan a cabo; redefinir el federalismo en términos que propicien honestidad y
probidad de los funcionarios en vez de proteger los desvíos impunes, en los
estados y municipios; dar utilidad a los avances tecnológicos, de manera que se
ponga fin al dispendio que originan los viajes y las entrevistas personalizadas
con funcionarios extranjeros y que bien podrían echar mano de la comunicación a
distancia en vez de realizar desplazamientos costosos, sin resultados prácticos.
Legisladores
y líderes, para empezar, tienen la palabra. Su ejemplo sería edificante y
solidario.
Y vale
la pena repetir: “¡Ahora o nunca, señor Presidente!”.