Realista,
contemporizador, hombre forjado en el principio según el cual los tratados y
los acuerdos pueden llevar a la
convivencia en paz armónica, Shimon Peres deja una herencia admirable no sólo
para judíos y árabes. Asimismo, para la comunidad internacional.
Muestra
de lo anterior, es el hecho insólito de que en sus funerales estrecharon las
manos el Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, y el Primer
Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. El líder árabe no había pisado tierra israelí
durante años, dada la rivalidad entre su
comunidad y la que abanderó el aventajado alumno de Gurión.
Explicable la
asistencia del mandatario estadunidense, Barack Obama y la presencia del ex
presidente Clinton, así fue la del jefe del Poder Ejecutivo nuestro, Enrique
Peña Nieto. Rubrica la participación invariable de los hombres de Estado en los
menesteres de la comprensión entre naciones. Líderes notables del orbe se
sumaron al póstumo adiós.
Paradigma
de negociación, Shimon Peres es lámpara que alumbra en toda conflagración donde
los conflictos pareciera que no tendrían fin,
sino por la fuerza de las armas y no por la fuerza de la razón. Es decir,
por la fuerza de las leyes y los tratados, con
base en el deber jurídico.
Fue
un sueño que lo llevó a confrontar las sucesivas guerras de Israel con sus vecinos
levantados en armas. No padeció sobresalto alguno que defraudara su esperanza en la paz perpetua: la
paz permanente entre pueblos cercanos en la geografía, pero distantes en
ideología, convicciones y creencias.
La
paz perpetua a que aspiraba Shimon Peres no era, ciertamente, la paz de los
sepulcros. Y nada tenía que ver con la inscripción satírica que, al decir del
autor de “La Crítica de la Razón Pura”, Kant, lucía en casa del hostelero
holandés.
Era
la paz fundada en pactos de no agresión, de no violencia, de no acciones
terroristas y siniestramente sorpresivas, secretas, en que mueren civiles inermes;
niños, ancianos y mujeres.
La
paz que el líder israelí convirtió en bandera de lucha, fue la paz de seres racionales,
conscientes de su dignidad y la de sus congéneres; la paz que se fragua en todo
proceso de diálogo: de concesiones y contra posiciones, de disputas y
persuasiones mutuas.
Hubo
de luchar, como sucede con líderes y estadistas dignos de ese nombre, contra la
cerrazón interna y externa de sus compatriotas y de todos los enemigos de
Israel. En foros y sedes de confrontación logró superar las actitudes
extremistas y puso en las mesas de las negociaciones la retórica política que
hace de la polémica (erística) el inicio y no el desacuerdo al infinito, el
comienzo de todo tratado y no su negación y conculcación absolutas.
Su
muerte a los más de noventa años, culmina toda una era de guerras y guerrillas
que colocaron al Medio Oriente en las compuertas de más de una guerra atroz y
de pavorosas consecuencias. Abonó, junto con estadistas y líderes de todas las
tendencias políticas e ideológicas, la paz y la concordia entre sus
compatriotas y los dirigentes del mundo árabe.
Dejó
preparado el terreno para llevar a buen término las negociaciones sobre los territorios
que corresponden legítimamente a los palestinos. Su tenaz injerencia en los
acuerdos de paz son testimonios fehacientes de que Israel no aspira a la
ocupación de tierras que no le pertenecen. Otro son los diferendos esgrimidos
por los palestinos.
Los
tratados de Camp David y de Oslo son letra viva para reanudar la ardua tarea de
alcanzar la paz entre árabes y judíos. En ellos descansa el sueño de la paz
perpetua tal y como él la concibió.