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Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







lunes, 3 de octubre de 2016

SHIMON PERES: EL SUEÑO DE LA PAZ PERPETUA

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Realista, contemporizador, hombre forjado en el principio según el cual los tratados y los  acuerdos pueden llevar a la convivencia en paz armónica, Shimon Peres deja una herencia admirable no sólo para judíos y árabes. Asimismo, para la comunidad internacional.
Muestra de lo anterior, es el hecho insólito de que en sus funerales estrecharon las manos el Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, y el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. El líder árabe no había pisado tierra israelí durante  años, dada la rivalidad entre su comunidad y la que abanderó el aventajado alumno de Gurión.
Explicable la asistencia del mandatario estadunidense, Barack Obama y la presencia del ex presidente Clinton, así fue la del jefe del Poder Ejecutivo nuestro, Enrique Peña Nieto. Rubrica la participación invariable de los hombres de Estado en los menesteres de la comprensión entre naciones. Líderes notables del orbe se sumaron al póstumo adiós.
Paradigma de negociación, Shimon Peres es lámpara que alumbra en toda conflagración donde los conflictos pareciera que no tendrían fin,  sino por la fuerza de las armas y no por la fuerza de la razón. Es decir, por la fuerza de las leyes y los tratados, con  base en el deber jurídico.
Fue un sueño que lo llevó a confrontar las sucesivas guerras de Israel con sus vecinos levantados en armas. No padeció sobresalto alguno que  defraudara su esperanza en la paz perpetua: la paz permanente entre pueblos cercanos en la geografía, pero distantes en ideología, convicciones y creencias.
La paz perpetua a que aspiraba Shimon Peres no era, ciertamente, la paz de los sepulcros. Y nada tenía que ver con la inscripción satírica que, al decir del autor de “La Crítica de la Razón Pura”, Kant, lucía en casa del hostelero holandés.
Era la paz fundada en pactos de no agresión, de no violencia, de no acciones terroristas y siniestramente sorpresivas, secretas, en que mueren civiles inermes; niños, ancianos y mujeres.
La paz que el líder israelí convirtió en bandera de lucha, fue la paz de seres racionales, conscientes de su dignidad y la de sus congéneres; la paz que se fragua en todo proceso de diálogo: de concesiones y contra posiciones, de disputas y persuasiones mutuas.
Hubo de luchar, como sucede con líderes y estadistas dignos de ese nombre, contra la cerrazón interna y externa de sus compatriotas y de todos los enemigos de Israel. En foros y sedes de confrontación logró superar las actitudes extremistas y puso en las mesas de las negociaciones la retórica política que hace de la polémica (erística) el inicio y no el desacuerdo al infinito, el comienzo de todo tratado y no su negación y conculcación absolutas.
Su muerte a los más de noventa años, culmina toda una era de guerras y guerrillas que colocaron al Medio Oriente en las compuertas de más de una guerra atroz y de pavorosas consecuencias. Abonó, junto con estadistas y líderes de todas las tendencias políticas e ideológicas, la paz y la concordia entre sus compatriotas y los dirigentes del mundo árabe.
Dejó preparado el terreno para llevar a buen término las negociaciones sobre los territorios que corresponden legítimamente a los palestinos. Su tenaz injerencia en los acuerdos de paz son testimonios fehacientes de que Israel no aspira a la ocupación de tierras que no le pertenecen. Otro son los diferendos esgrimidos por los palestinos.

Los tratados de Camp David y de Oslo son letra viva para reanudar la ardua tarea de alcanzar la paz entre árabes y judíos. En ellos descansa el sueño de la paz perpetua tal y como él la concibió.