Como pocas veces,
los términos arriba enunciados adquieren su cabal significado a la luz de los
sucesos de violencia y enfrentamiento registrados en “Loma de Bácum”.
Se
invoca el díálogo, no el monólogo, como vía a fin de evitar la confrontación.
Se impone el
ejercicio de la negociación a título de hacer efectivo el “dar a cada quien lo
suyo”, pero con arreglo al derecho positivo o vigente.
Las conjeturas
no sirven para nada: son inútiles para zanjar problemas de fondo.
Buscar
culpables, por lo pronto, sería como encontrar el hilo negro en estas horas de
apremio.
Tiempo
habrá para ello. Y esto no quiere decir que habría de echarse todo en saco
roto.
Lo importante y
decisivo está en detener y contener la riña entre hermanos.
Atizar la
hoguera sirve tan sólo a finalidades siniestras, cuando lo que se requiere, de inmediato, es aplicar los
criterios de serenidad a través de la persuasión.
La
frase “Usos y Costumbres”, ciertamente,
tiene connotaciones ambiguas y equívocas que podrían dar lugar a que grupos
antagónicos practicaran la consigna de
hacerse justicia, internamente, por mano propia.
Más
de una vez dicho concepto ha servido para que gente inescrupulosa dejara que
las cosas siguiesen un curso violento y de funestas consecuencias.
No habría que
olvidar, justamente hoy, que la susodicha denominación tiene sabor a
marginación, a desdén y extrema confinación.
Mucho
se habla de nuestro pasado esplendoroso y de las luminosas culturas autóctonas
Con
lujo de publicidad se habla de la urgencia inaplazable que hay con el propósito
de preservar las lenguas aborígenes.
Asimismo,
de la necesidad de salvaguardar, por todos
los medios, el legado cultural de los antecesores.
Sin
embargo, poco o nada se lleva a cabo para impartir enseñanzas prácticas a los
niños indígenas. Brillan por su ausencia los instructores cuya misión sería la
de educar a los adultos en actividades productivas a través de la horticultura,
la hidroponia y actividades ecológicas tendentes a sanear el ambiente, reclamar
las ilícitas incursiones de empresas mineras, desnacionalizadas y extranjeras,
responsables de la contaminación de ríos y cosechas.
En
nombre de “usos y costumbres”, los pueblos indígenas pierden, día a día, su
identidad.
Es
decir, sucumben por el peso no de la civilización, del progreso y de la
modernidad o postmodernidad.
Más
bien, sufren atropellos tras atropello a sus legítimas aspiraciones y
esperanzas.
Negociar
con ellos, dialogar con ellos, tomando como referentes los derechos es camino a
seguir.
Respetar
al pie de la letra las resoluciones que les atañe y les compete.
En
vez de la denostación y la carga de improperios, bien se hará en respetar las garantías que les corresponden
como mexicanos, no de segunda. Sino en el sentido de conciudadanos con las responsabilidades y los deberes de
todos aquellos que hemos nacido bajo el
amparo de estos cielos y de normas de convivencia igualitaria. Son, pues,
mexicanos con voz y voto.
Etnia
indómita, con un pasado forjado en la adversidad, los yaquis dan su batalla por
la dignidad y los ideales de igualdad y libertad.
Sus
usos y costumbres tienen delimitaciones legales en el marco constitucional.
Bajo
su égida, toda confrontación es susceptible de resolución en términos de comprensión y entendimiento.
Desde
ese punto de vista, nada contra le legalidad. Nada contra los usos y costumbres
que han hecho posible la convivencia cívica en sana paz y concordia.
Así,
cualesquier intento por dar alas a la violencia interna, alentar la
confrontación fratricida no sólo sería desleal sino un acto de locura extrema,
equivalente al harakiri en aras de la sinrazón y el daño en perjuicio propio.