Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







domingo, 23 de octubre de 2016

DIÁLOGO Y NEGOCIACIÓN CON LA ETNIA YAQUI

Resultado de imagen para loma de bacum

Como pocas veces, los términos arriba enunciados adquieren su cabal significado a la luz de los sucesos de violencia y enfrentamiento registrados en “Loma de Bácum”.
Se invoca el díálogo, no el monólogo, como vía a fin de evitar la confrontación.
Se impone el ejercicio de la negociación a título de hacer efectivo el “dar a cada quien lo suyo”, pero con arreglo al derecho positivo o vigente.
Las conjeturas no sirven para nada: son inútiles para zanjar problemas de fondo.
Buscar culpables, por lo pronto, sería como encontrar el hilo negro en estas horas de apremio.
Tiempo habrá para ello. Y esto no quiere decir que habría de echarse todo en saco roto.
Lo importante y decisivo está en detener y contener la riña entre hermanos.
Atizar la hoguera sirve tan sólo a finalidades siniestras, cuando lo que  se requiere, de inmediato, es aplicar los criterios de serenidad a través de la persuasión.
La frase “Usos y Costumbres”,  ciertamente, tiene connotaciones ambiguas y equívocas que podrían dar lugar a que grupos antagónicos practicaran  la consigna de hacerse justicia, internamente, por mano propia.
Más de una vez dicho concepto ha servido para que gente inescrupulosa dejara que las cosas siguiesen un curso violento y de funestas consecuencias.
No habría que olvidar, justamente hoy, que la susodicha denominación tiene sabor a marginación, a desdén y extrema confinación.
Mucho se habla de nuestro pasado esplendoroso y de las luminosas culturas autóctonas
Con lujo de publicidad se habla de la urgencia inaplazable que hay con el propósito de preservar las lenguas aborígenes.
Asimismo, de  la necesidad de salvaguardar, por todos los medios, el legado cultural de los antecesores.
Sin embargo, poco o nada se lleva a cabo para impartir enseñanzas prácticas a los niños indígenas. Brillan por su ausencia los instructores cuya misión sería la de educar a los adultos en actividades productivas a través de la horticultura, la hidroponia y actividades ecológicas tendentes a sanear el ambiente, reclamar las ilícitas incursiones de empresas mineras, desnacionalizadas y extranjeras, responsables de la contaminación de ríos y cosechas.
En nombre de “usos y costumbres”, los pueblos indígenas pierden, día a día, su identidad.
Es decir, sucumben por el peso no de la civilización, del progreso y de la modernidad o postmodernidad.
Más bien, sufren atropellos tras atropello a sus legítimas aspiraciones y esperanzas.
Negociar con ellos, dialogar con ellos, tomando como referentes los derechos es camino a seguir.
Respetar al pie de la letra las resoluciones que les atañe y les compete.
En vez de la denostación y la carga de improperios, bien se hará en  respetar las garantías que les corresponden como mexicanos, no de segunda. Sino en el sentido de conciudadanos  con las responsabilidades y los deberes de todos aquellos que hemos nacido  bajo el amparo de estos cielos y de normas de convivencia igualitaria. Son, pues, mexicanos con voz y voto.
Etnia indómita, con un pasado forjado en la adversidad, los yaquis dan su batalla por la dignidad y los ideales de igualdad y libertad.
Sus usos y costumbres tienen delimitaciones legales en el marco constitucional.
Bajo su égida, toda confrontación es susceptible de resolución en términos de  comprensión y entendimiento.
Desde ese punto de vista, nada contra le legalidad. Nada contra los usos y costumbres que han hecho posible la convivencia cívica en sana paz y concordia.

Así, cualesquier intento por dar alas a la violencia interna, alentar la confrontación fratricida no sólo sería desleal sino un acto de locura extrema, equivalente al harakiri en aras de la sinrazón y el daño en perjuicio propio.