Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







domingo, 9 de octubre de 2016

J. MANUEL. SANTOS: NOBEL DE LA PAZ

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El Comité Noruego  resolvió otorgar el Nobel de la Paz al mandatario colombiano Juan Manuel Santos en una decisión que ha causado sorpresa en círculos políticos de su país y del exterior.
Seguramente, después de dos décadas se había puesto en el cesto de los olvidos la resolución que, en su momento, motivó un malestar similar cuando, junto con Isaac Rabin  y Shimon Peres, Yasser Arafat fue asimismo distinguido con la presea con la cual se enaltece a los héroes de la conciliación y la concordia.
En aquel entonces la indisposición con la que se recibió el premio fue por haber colocado al lado de los forjadores de los acuerdos de Oslo, también Yasser Arafat, connotado líder de las falanges terroristas a las que se imputaba la muerte de decenas de civiles israelíes, ancianos y mujeres indefensas.
Esta vez, la irritación nace del hecho mediante el cual se excluye a Rodrigo Londoño, líder de la guerrilla, a quien consideraban merecedor del galardón, de manera similar a como se había exaltado, conjuntamente, al dirigente árabe, en 1994, por méritos ciertamente inexplicables.
Cabe mencionar el dato relacionado con la jornada plebiscitaria efectuada con el propósito de conocer el “sí” y el “no” de los colombianos en torno al proceso y a los acuerdos pactados entre el gobierno y la guerrilla.
Como se sabe, el resultado del referéndum fue un rechazo al acuerdo pactado en La Habana.
No obstante, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado al presidente Juan Manuel Santos.
Representa una convalidación al esfuerzo del mandatario de Colombia. Y en cierto modo, una calificación implícita al movimiento que a lo largo de medio siglo ha ensangrentado a centenares de hogares en aquel país.
El “no”, por tanto, está vinculado al procedimiento de hacer justicia por mano propia. En otras palabras, la resolución es en favor de la vida institucional que se expresa por la repulsa implícita a toda forma de sublevación armada contra los gobiernos establecidos o legítimos. En definitiva, equivale a una condena del terrorismo beligerante igual al que defienden y auspician las fuerzas armadas llamadas revolucionarias.
Por otra parte, se corre la voz acerca de una posible manipulación del pasado referéndum. Más aún, se alude a una vedada infiltración del crimen organizado, para el cual los acuerdos de paz lesionan y afectan de manera directa sus nefandos intereses.
Al margen de conjeturas, habrá que considerar que la paz es un proceso por lo general azaroso, complejo, cuesta arriba. No cae buenamente de las nubes. Implica concesiones de las partes. Requiere de tiempo, por lo mismo.
Está rodeado, en permanente amenaza, de incertidumbre, dolo, engaños secretos y de traiciones. Exige de la voluntad lo mismo que de la destreza, el aplomo de sus coautores.
Se habla de acuerdos y desacuerdos, de asentimientos y disentimientos. Y al final de pactos, cuyo aval está en manos de quienes están dispuestos a respetar y cumplir los convenios.
En este sentido el Premio Nobel de la Paz lo comparten por igual pueblo y gobierno, sociedad y representante del poder político de Colombia. Es un homenaje público, internacional, discernido en aras de una paz anhelada y convertida en hazaña de la negociación política, proseguida durante varios años.
Quizás sea prematuro echar las campanas a vuelo. Pero el proceso continúa abierto, susceptible de ser enriquecido. Dependerá su buen éxito de hacer a un lado el rencor; de no anteponer la venganza como vía para lograr el cierre, poco a poco, de heridos que todavía sangran.

La paz por medio del derecho está, nuevamente, a prueba. Colombia, los colombianos, lo merecen.