Un hombre de fe es, sin duda,
el Presidente reelecto de Estados Unidos. Bien lo describe Stephen Mansfield en
su libro biográfico titulado “La fe de Barack Obama” (Grupo Nelson, 2008).
La fe mueve montañas, expresa
la metáfora bíblica. Y en el caso particular, la fe del Mandatario
estadounidense ha sido palanca capaz de remover lastres y rémoras acumulados en
la sociedad posmoderna a la que pertenece.
La fe de Obama ha llevado al
país de los Lincoln y de los Roosvelt; de los Wilson y de los Kennedy a
trasponer ingentes promontorios de prejuicios, montes perniciosos de resabios y
un cúmulo de herencias que son fardos onerosos para la travesía en proceloso
mar.
Sólo un hombre de fe con el
temple y la entereza del estadista de la Unión Americana , ha logrado, en el término de un cuatrienio,
corregir el rumbo de la nave imperial; evitar
su hundimiento y zozobra fatal; tocar puerto con la finalidad de reparar
lo reparable, construir de nuevo las partes dañadas y volver a las aguas, aún
turbulentas, para continuar el itinerario hacia la convivencia universal, el orden
cosmopolita y el liderazgo fundado en la
justicia y la igualdad.
El presidente Obama consiguió
vencer el síndrome del racismo propagado por toda la nación. Condujo a sus
últimas consecuencias la proclama de su coterráneo Martin Luther King y consumó
la hazaña de hacer de la igualdad una lección permanente que da la puntilla al
refrán de que lo que es cierto en teoría para nada sirve en la práctica.
Ha colocado en el banquillo
de los acusados a los promotores de la violencia internacional y a los aliados
del armamentismo, con el propósito de exigirles público y detallado rendimiento
de cuentas.
Al término de su primer mandato,
hace renacer el sueño de una nación de migrantes, con vocación ecuménica,
reconstructiva de valores humanísticos propicios a fin de configurar un nuevo
orden mundial.
Hombre de fe, enfrentó el
fantasma de la tercera guerra
internacional con los recursos del derecho, con acuerdos, sin necesidad de acudir a la
diplomacia secreta que hace de las pugnas regionales caldo de cultivo para
confrontaciones mayores.
Dio un nuevo sentido a la fe
en la autonomía y los derechos soberanos de los pueblos. Motivó el acato a la
dignidad de las personas; defendió el derecho a creer y rendir culto con
arreglo a convicciones propias. Evitó la discriminación por razones ideológicas
o religiosas.
En suma, la fe de Barack
Obama removió de manera implícita los extremismos políticos, raciales y
religiosos a punto de convertirse en fuego abrasador de instituciones y
consumidor de pactos entre Estados prepotentes y naciones emergentes.
Su fe es la del estadista
laico que guarda para sí, sus propias confesiones y su estilo de pensar, de
querer y de sentir.
Los estadounidenses lo han
reelecto por el hecho de compartir su convicción y vocación de estadista para
refundar la nación estadounidense en medio del torbellino de pasiones y
cosmovisiones tendentes al pesimismo, a la confusión social política y al
conformismo ideológico.
Nación de inmigrantes, los desplazados en territorio de la Unión Americana han puesto no sólo los votos que lo han hecho triunfador en la pasada elección. Ponen su fe y esperanza en la reivindicación enunciada en su convocatoria a la universalidad de lo humano, a la justicia igualitaria en oportunidades y a la paz con armonía y prosperidad. Le renuevan, así, los ciudadanos, el pacto de la solidaridad y de la lealtad, en pro de la gobernabilidad democrática, fundada en la ética política de libre y responsable ejercicio de la voluntad cívica, social.
Nación de inmigrantes, los desplazados en territorio de la Unión Americana han puesto no sólo los votos que lo han hecho triunfador en la pasada elección. Ponen su fe y esperanza en la reivindicación enunciada en su convocatoria a la universalidad de lo humano, a la justicia igualitaria en oportunidades y a la paz con armonía y prosperidad. Le renuevan, así, los ciudadanos, el pacto de la solidaridad y de la lealtad, en pro de la gobernabilidad democrática, fundada en la ética política de libre y responsable ejercicio de la voluntad cívica, social.
