Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







lunes, 13 de agosto de 2012

CHIHUAHUA EN LUCHA PARA ERRADICAR EL NARCOTRÁFICO




La guerra improvisada en contra de los narcotraficantes deja testimonios de ineficiencia, ineficacia e ineptitud.  Como legado, un impresionante cementerio con víctimas inocentes, luto en los hogares, miseria en el campo y la ciudad. Cunde la impresión de que impera en el país, el Estado de naturaleza y no un Estado de Derecho, como manda la Constitución.
En Sonora huyen de sus asentamientos indígenas por la agresión de los maleantes. Son indigentes que sobreviven a duras  penas y se convierten en parias desvalidos de la noche a la mañana. Parecida suerte padecen los pobladores en los caminos vecinales que van del Valle a los parajes serranos que comparten sonorenses y chihuahuenses: de Tesopaco al Palmarito, pasando por Curea, Nuri, Santana hasta los límites del Estado grande (Chihuahua), en los municipios  de Moris y Ocampo en las alturas de la Tarahumara.
Retenes de la muerte y zonas empobrecidas pululan en la región. Es evidente la acción expoliadora de extranjeros apoderados del subsuelo mexicano, con el beneplácito de autoridades locales. Esto es caldo de cultivo para el auge y la prosperidad de los traficantes de droga. Mientras tanto, la improductividad agropecuaria, la imprevisión y el ejercicio de la corrupción hacen de las suyas. Bajo el manto de la inseguridad jurídica se  imponen  reglas de convivencia por parte de la criminalidad organizada, originando inseguridad pública, violencia y pobreza extrema.
En el Estado Grande es otro, contrastante,  el escenario sociopolítico, económico, educativo y en los enclaves de salud. Chihuahua es antesala de la recuperación material y social en la entidad y en todo México. En la frontera norte retorna, paso a paso, la paz social; lo mismo se respira convivencia en relativa paz con barruntos ciclónicos en la ciudad capital, asolada por la acción criminal en años recientes. Los pobladores de las ciudades afectadas por la criminalidad aguardan beneficios del bienestar semejantes a los años que fueron de 1998 a 2004, cuando se colocaba a la entidad como paradigma en el país. Regresa no obstante la esperanza y el optimismo, vía la planeación y las inversiones,  el crecimiento y el desarrollo, con participación de empresarios nacionalistas en la industria, en el campo y en el ámbito urbano.
Pero es en el agro donde el Estado grande hace sonar la campanada que convoca a toda la región del norte y del noroeste a recuperar la paz por medio del Derecho, la prosperidad a través de la inversión planificada, la seguridad jurídica y la seguridad pública avalada por la honestidad de sus políticos y administradores en los municipios opulentos como en los más necesitados de la Tarahumara, territorio hasta hace poco confinado en el olvido. Nos referimos a las zonas de Batopilas, Moris, Ocampo, Chínipas y otras más, ahora recuperadas.     
La semana anterior los agricultores de la Sierra dieron a la primera cosecha de aguacate en su historia, el carácter de un festival de la productividad y como símbolo del recobro de los derechos de la tierra en directo beneficio de sus legítimos poseedores. Dio la impresión de ser  aquello una fiesta insólita por parte de los lugareños de barrancas y cañadas en la montaña,  en donde el clima es propicio para la siembra de café, mango, frutas tropicales como la guayaba y la papaya. Y fue la celebración como un grito triunfal de los humildes labriegos ante la furia desbocada de los narco sembradores, tolerados ciertamente por la corrupción y la anarquía.
Chihuahua, así, hace vibrar la voz de la esperanza, pugnando por validar el imperio de la legalidad, la planeación democrática, con fundamento en la Constitución y la honradez política, por encima de la represión, el desacato a los fallos judiciales y el autoritarismo.