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Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







martes, 31 de julio de 2012

DEMOCRACIA EN CRISIS: ESTADO DE PARTIDOS O ESTADO DE CLASES



Vive la democracia nuestra un largo periodo de crisis. En las dos últimas décadas hemos asistido a lo que podríamos llamar el “Síndrome de Almazán”, con sus propias modalidades y efectos tras las cuatro elecciones anteriores, incluyendo la más reciente de julio pasado.
Se da en llamar “Síndrome de Almazán” en el anecdotario político nacional, a la sensación o complejo de triunfo por parte de grupos políticos liderados por algún carismático personaje que considera haber alcanzado el triunfo en una contienda electoral, pero que su pretensión resulta frustránea a la postre.
El término  mencionado data de más seis décadas. Es decir, surge tras la encendida competencia entre Juan AndrewAlmazán y Manuel Ávila Camacho, aspirantes a la Presidencia de la República en los comicios de 1940, con el polémico resultado y la virulenta reacción de los partidarios del primero al conocerse públicamente el cómputo oficial que favorecía al último de los militares y caudillos posrevolucionarios.
El síndrome en cuestión se aplica con ocasión de la elección de finales de los ochenta en la que se proclamó  vencedor al priista Salinas de Gortari frente al candidato opositor  izquierdista, Cárdenas Solórzano, cuyo nombre y renombre quedó opacado por la maquinaria del partido casi único, haciendo casi nula la movilización de sus seguidores y adherentes y por la inercia ciudadana aunada a la pronta declinación cardenista.
La alevosa y cobarde muerte de Luis Donaldo Colosio marcó el camino de lo que sería la entrega de la estafeta del poder al PAN  convertido en partido a vencer, albacea de los peores vicios del PRI en arreglada retirada, pero éste acechante oficioso desde entonces hasta su actual retorno sinuoso a Los Pinos, cuestionado ahora por las izquierdas en ascenso, pero en vías de ser declarado su aún aspirante Enrique Peña Nieto, sucesor potencial del alicaído y todavía Presidente Felipe Calderón, en funciones.
A una tangible crisis de la democracia equivale la actual etapa poselectoral, cívica y contestaría, sujeta a límites permisibles y controlados hasta la fecha, a juzgar por el clima de pasible tranquilidad y a pesar de los barruntos de violencia física y de las  escenas retóricas convocando al reclamo multitudinario, a la denuncia colectiva y a la descalificación masiva.
Bien sabemos que crisis no es, a secas, preludio de fatal convulsión o extremo desenlace, sino conmoción reveladora de transición y cambio, de mutación hacia un mejor estado de cosas. Incluso, es síntoma de agonía en el sentido etimológico de lucha, contienda, combate. Y no en el sentido de preámbulo de muerte y consunción. 
Así, a nuestro juicio, del síndrome de Almazán pasamos a la crisis y a la conmoción que hace de la confrontación poselectoral condición para la inminente e insoslayable reforma política. Y dentro de ésta,  a la reforma de los partidos, a fin de resolver la antítesis política en el sentido de elegir entre convalidar el Estado de partidos o escoger el Estado de clases bajo el disfraz de la suplantación de la vida partidaria consagrada en la Constitución; es decir llevaría en este último caso a optar por la movilización ciudadana como fórmula de participación y cambio social, político y, en consecuencia, democrático.
Pero no habría que olvidar la admonición de Kelsen en el sentido de que la democracia es, por antonomasia, un Estado de partidos. “La voluntad colectiva se forma en la libre concurrencia, escribe en “Teoría General del Estado”, de los intereses  constituidos  en partidos políticos… Es posible como transacción y compromiso entre grupos opuestos. No siendo así, corre el peligro de transformarse en su contrario: en una autocracia.”
 La tarea es, por tanto,  perfeccionar la vida partidaria, no aniquilarla o suplantarla.