Hace un siglo, el 5 de julio de 1912, murió a la edad
de 58 años el doctor Porfirio Parra, médico y filósofo, director entonces de la Escuela Nacional
Preparatoria. Oriundo de Chihuahua, aunque radicado desde temprana edad en esta ciudad, fue un distinguido “alonsíaco”, denominación
con la que eran reconocidos los alumnos del Antiguo Colegio de San
Ildefonso, del cual egresaría para continuar
estudios en la, asimismo, ancestral Escuela de Medicina, no sin haber recibido
la impronta magisterial de su mentor, el igualmente médico y filósofo, doctor Gabino Barreda.
Bien sabido es que Barreda fue el primer director de la Preparatoria ,
nombrado por el Presidente Benito Juárez en los inicios de la República restaurada,
el 17 de
diciembre de 1867, como también es del dominio general el dato
relacionado con la formación profesional de Barreda en Francia en donde recibió
la influencia del connotado pensador positivista, a la sazón en plenitud de
renombre y gloria, Auguste Comte.
Parra, sucesivamente alumno del doctor Barreda en el
claustro ildefonsino y en Santo Domingo, sería en su momento uno de
los más notables sucesores del filósofo positivista, de cuya enseñanza profesional había abrevado, llevando a la
cátedra preparatoriana, con extraordinaria lucidez, el desarrollo del sistema
filosófico de su maestro, y abonando con similar talento y pasión las bases de
la pedagogía laica, según el método de las ciencias y las humanidades, regido
por la inducción y la experiencia.
Al paso inmediato de los años, uno y otro, maestro y
alumno, los doctores Barreda y Parra, respectivamente fundador y pionero de la
filosofía científica en nuestro país, fueron blanco de la crítica emponzoñada y
de los dicterios perversos, cuyos autores, enarbolando la ideología como enseña
de las filosofías románticas y subjetivistas en boga, colocarían en el
banquillo de los acusados a los representantes y propagadores del positivismo,
identificándolos con la dictadura del general Porfirio Díaz y descalificándola
como instrumento político al servicio del poder autocrático. Lejos de la
correcta mira andaban los detractores.
A cien años de su muerte, y a casi 150 años de la
fundación y apertura de la
Preparatoria , “Alma Mater”, cronológicamente, de la flamante
Universidad Nacional, no se ha ponderado con objetiva imparcialidad y rigor metodológico
el legado del movimiento positivista en nuestro país, particularmente en lo que
se refiere al deslinde de la educación media superior y superior, de las
ataduras de la educación dogmática, confesional y escolástica, como también a
fin de valorar la presencia, tardía ciertamente, de la filosofía de la Ilustración europea,
la herencia del liberalismo inglés por John Stuart Mill y la apertura hacia el
incipiente criticismo filosófico enseñado por don Alfonso Caso y continuado cuesta
arriba en los círculos de estudiosos e investigadores de las escuelas neokantianas
de Baden y de Marburgo, presididas por Francisco Larroyo y Guillermo Héctor
Rodríguez, respectivamente, hacia el segundo tercio del siglo XX.
No es poco lo que habrá que escribirse sobre el
particular, con motivo del sesquicentenario en puerta de la Preparatoria. Por
ejemplo, acerca de los obstáculos, lastres e impedimentos
burocrático-académicos que frustraron el libre curso del pensamiento
progresista en la
Universidad y su propagación en los sistemas de enseñanza media
y superior. Y sobre la permanencia de aquel método de filosofar en nuestros
días.
Mientras tanto, habría que subrayar la
correlación entre ciencia y filosofía, entre las disciplinas técnicas y las
humanidades, a partir del legado positivista transterrado por Barreda y
proseguido brillantemente por el chihuahuense Porfirio Parra en su “Nuevo
Sistema de Lógica Inductiva y Deductiva”, edición cuidadosamente realizada,
afirma en sus “Efemérides” el doctor Ernesto Lemoine, por Tipografía Económica en
el distante año de 1903. 