Por Federico Osorio Altúzar
Con franciscanos y jesuitas primero, encomenderos después, políticos con visión social ahora, desde el siglo XVII, la suerte o destino de la Sierra Tarahumara sigue en vilo, dependiendo del sentido que se dé a la vida de sus pobladores. Misioneros, ávidos caciques, así como mujeres y hombres públicos de buena voluntad, han dejado impresa su huella en el “modus vivendi” de aborígenes, blancos y mestizos. En los inicios de este siglo, hay un nuevo amanecer, el comienzo de un alentador proceso de rescate de la abandonada región serrana en el que lo mismo es valiosa el alma de sus habitantes como el cuerpo: lo intemporal y la visión del mundo circundante. El rescate es de personas, miembros de la humanidad, con derechos y responsabilidades; con libertades para decidir y con deberes que cumplir.
Flagelado aquel Estado por la criminalidad; azotado por inclemencias climáticas; agobiado por la deserción de ciudadanos (entre otros, menonitas) acosados por la intimidación y los secuestros, en la sierra chihuahuense se enciende un rayo de luz en la sombra que alienta a millares y millares de corazones en hogares humildes atrapados por la miseria a causa de la improductividad, el desempleo, el analfabetismo y la corrupción.
Desde un rincón de la imponente geografía, en las estribaciones de la Sierra Madre, enmarcada la región por corrientes acuíferas, y en sitios de la demarcación a donde jamás ha puesto el pie un mandatario estatal, en Moris (una de las 67 jurisdicciones municipales), se configura lo que podría ser un modelo reconstructivo de las economías familiares serranas, sin distinciones étnicas, a través de invernaderos y huertos para la producción de cultivos con la finalidad de promover sanos hábitos alimenticios, abatir la desnutrición inveterada, suprimir la apatía y el desinterés en el aprovechamiento de la tierra.
Miriam de Pérez Campos, cabeza del DIF local, esposa del presidente municipal, organiza e impulsa con tenacidad y firme pulso el proyecto, despertando la vocación de todas las madres de familia de la región a que formen la avanzada que abre horizontes insospechados en el uso de la tierra, en forma comunitaria, con objetivos precisos: alimentar en forma balanceada, coadyuvar en la deteriorada economía familiar, sembrar optimismo y solidaridad entre la población dispersa. En fin, hacer causa común con base en el modelo para redimir a la Tarahumara de la marginación, la pobreza, el olvido y la depredación a que la han sometido regímenes coludidos con saqueadores de bosques, riquezas del subsuelo y salteadores de parajes en donde lo bello se une a lo sublime en forma sorprendente.
Sin embargo, el rescate de la sierra chihuahuense, como el de todas las zonas serranas del país, requiere de obras de infraestructura: carreteras, caminos vecinales, escuelas con maestros y bibliotecas, centros de salud con personal experimentado y medicamentos. Vastas regiones, como la que se comenta aquí, carecen de energía eléctrica o solar, comunicación telefónica, inmuebles adecuados para comisarías y presidencias seccionales. En el proyecto de la presidencia a cargo de Martín Pérez Campos, figura la construcción de una presa en el Gavilán, anhelo postergado, surtidor del preciado insumo que, sin restar atractivos al turismo, servirá al objetivo de un revolucionario desarrollo serrano con expresión social.
Coincide esto con propuestas del gobernador César Duarte quien afronta una crucial encrucijada, y en donde toca a los pobladores de la Tarahumara hacer frente común para evitar que los enemigos del histórico rescate, de fuera y de dentro, que salen desde donde menos se espera, traten de echarlo estrepitosamente por tierra. La vuelta al altiplano apremia. Hay razones de fondo.
