Por Federico Osorio Altúzar
Los biógrafos de Kant señalan como fecha de su nacimiento el 22 de abril de 1724. S. Körner, data el suceso de su muerte, ubicándolo el 28 de febrero de 1804, aunque en mayoría los estudiosos señalan el 12 de febrero para ese efecto. Con todo, el fundador del criticismo prosigue vivo, en plenitud de vida filosófica, en franco desafío a la causalidad y en sorprendente reto a las leyes de la naturaleza. Es argumento contrastable de que la existencia histórica no es, simple y llanamente, recuento de lo sucedido, de lo que ya pasó.
Paradójicamente, Kant estableció límites, fronteras y condiciones relacionadas con el pensamiento, la voluntad y el sentimiento; propuso referentes que hacen posible la experiencia humana. Retomó la hipótesis de los grandes sofistas de la antigüedad, convirtiéndola en tesis de su antropología, según la cual el hombre es medida (creador) de todas las cosas, faro que ilumina las funciones creativas del pensar científico natural, del querer normativo social y del sentir estético, progenitor del arte.
Paradójicamente, pues Kant señaló límites al pensar, al querer y al sentir. A su vez, él configuraba sin presunción alguna, desde sí mismo, el “derecho” de trascender, con su genialidad, la línea divisoria de la finitud y lo trascendente, de lo temporal y perecedero. Enriquecía, así, el alcance de la revolución copernicana dotándola de significado filosófico, lo cual hizo de la Ilustración del siglo XVIII, suelo fecundo para dar continuidad a los atisbos innovadores de Protágoras y de Gorgias (siglo V de Pericles).
Como Einstein y Hans Kelsen, no fue Kant profeta en su época. Pero fue su enseñanza, demoledora e implacable crítica frente a los adalides y los epígonos del dogmatismo en boga, de cara a las turbulencias políticas y religiosas. Dejaba libre curso, de ese modo, al proceso de ilustración en marcha que le tocó vivir.
Hoy en día Kant ha dejado de ser el filósofo introvertido, irredento idealista, tejedor de ilusiones y tránsfuga, por tanto, de la realidad externa. Sus adversarios adquieren, leen y comentan sus obras. Es objeto de ingeniosas y hasta displicentes réplicas. Ha dejado de ser temido por incautos o por audaces. Está presente, por su genialidad y talante criticista, en la cátedra de analistas y empiristas, de lingüistas y realistas, de formalistas y positivistas, en el tapete de la enseñanza académica e institucional. El juicio “sintético a priori” ya no es, a secas, retórica idealista, platonismo a ultranza, cartesianismo remozado. Es juicio de conocimiento.
“Lecciones de Kant para hoy”, obra de la Dra. Dulce María Granja (UAM, 2010, 336p), refrenda lo anterior: motiva a participar en la consecución de la “Instauratio Magna”. Su contenido es actual y de honda erudición. Contribuye a mantener rediviva la figura histórica del Prometeo de la filosofía “perennis”. Esto nos lleva a mencionar, a reserva de hacer un comentario pertinente al muy valioso libro “Kant”, de la Dra. Teresa Santiago (UAM, 2007, 220p). El capítulo acerca de la paz (La Paz Perpetua) entraña particular interés.
Todo esto, finalmente, nos hace recordar que si bien la gran novedad kantiana está en unas cuantas páginas de la “Crítica de la razón pura”, como dejó asentado el más connotado maestro del neokantismo en México, G. H. Rodríguez, habría que volver página tras página para descubrir aquel invaluable tesoro. Así, Kant puede ser ponderado como el fundador de ayer, el revolucionario de hoy y la estrella polar del porvenir, mientras exista una cabeza que piense (científica y objetivamente), una voluntad que quiera (jurídico-institucionalmente) y un sentimiento capaz de producir, con originalidad creadora, belleza artística.