En Sonora, el titular del
Poder Ejecutivo, Guillermo Padrés Elías, ha logrado lo que ningún Mandatario en
la historia de aquella Entidad: dividir al Estado en dos. Al norte, desde cuya
capital despacha ufanamente; al sur, en donde se la arreglan como pueden los
pobladores, pobres y ricos, víctimas de
la atroz anarquía.
No satisfecho con lo
anterior, el “Rey Sol” norteño da el paso final para escindir, separar y
dividir, a como haya lugar, a los yaquis, productores del campo cuando no
jornaleros en condición de pobreza extrema.
Los indios yaquis, puntales
en la Gran Revolución, primero con Lázaro Cárdenas y luego con Luis
Echeverría, fueron habilitados con tierras y avíos, aunque más tarde privados de
dichos beneficios por aquel gesto comprensivo y reparador, comenzando la feroz
campaña que aún se deja sentir. Según la
malintencionada publicidad, los yaquis serían una etnia marcada por la pereza,
la indolencia y el vicio. Serían algo así como parásitos improductivos,
servidores de hacendados, empleados de los barones dela tierra, del agua y de todo lo concerniente a la riqueza agropecuaria de la
región en aquella demarcación en la que fueron amos y señores.
Y Salinas de Gortari habría
de darles la puntilla, decretando la desaparición del ejido en beneficio de
terratenientes criollos y de las ávidas trasnacionales.
Para el Ejecutivo estatal,
los indios yaquis, sus demandas, así
sean fundadas en Derecho, no cuentan. Y si no existen unos, por lo mismo
tampoco sus reclamos. Hace días volvió a incumplir el compromiso que enunció
cuando tomó posesión del cargo, el de “cumplir y hacer cumplir las leyes”. Y
con tal desplante, no asistió a la anunciada entrevista, argumentando que no lo
haría, pues no se daban las condiciones propicias con ese efecto.
Los enterados afirman que era
de esperar el gesto desdeñoso del “Rey Sol”,
convencidos de que Padrés Elías tiene ojos, pero no ve; oídos, pero no
escucha; manos aunque no actúa; mente, pero no reflexiona. Es político al modo
de los jefes primigenios de la edad de piedra. Insiste y persiste en que el
agua es de todos, para todos y a pesar de todo.En suma, no hay poder alguno que
lo limite, no hay normatividad que le finque sus atribuciones, no hay
inconformidad popular que lo lleve a poner los pies sobre el suelo donde pisa.
En Sonora, la guerra por el uso y la tenencia del agua ha
encendido una chispa que podría volverse llamarada y después gigantesco
incendio. No se olvida que la sequía ronda en
zonas igualmente azotadas por la imprevisión, la frivolidad, la
mezquindad y los vacíos de vocación de servicio: de todo aquello que hace del
político un hombre de Estado, gestor auténtico de los apremios populares.
Por fortuna hay lecciones, de
las cuales se pueden sacar provechosas y oportunas enseñanzas.
A unos cuantos kilómetros del
Valle del Yaqui, la región en donde seda la disputa por el uso y usufructo del
vital insumo, en el apartado municipio de Moris (Estado de Chihuahua),su
presidente municipal saliente, Martín Pérez Campo, entrega a los lugareños de
la comunidad serrana de Bermúdez una presa con dimensiones modestas, pero de
inusitada importancia en la región, cuyos habitantes han vivido, y viven, de la
agricultura y la ganadería. Carecieron resignadamente, hasta hace poco, de
beneficios similares en sus predios temporaleros; también de energía eléctrica
en sus escuelas y viviendas.
Patricio Martínez García,
ahora Senador, durante su gobierno (1998-2004), dio certeras instrucciones que
ahora dan cosecha para que los chihuahuenses, todos sin excepción, tuviesen los
beneficios de agua, asistencia técnica y financiera, haciendo honor con ello al
acato de leyes y reglamentos previsores. Como se ve, esto y mucho más es
posible en el Estado de Derecho. Es decir, en sana paz.