Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







lunes, 7 de enero de 2013

DÍA DEL PERIODISTA: OFICIO DE MUERTE O PROFESIÓN DE VIDA





Por efemérides no queda el tributo a los hombres y mujeres de la pluma y las ideas. Personalizada una de las fechas, conmemora al autor del oficio de referencia (4 de enero); la otra (7 de junio), extiende sus parabienes a la función que desempeñan informadores y opinadores.
“Oficio de Muerte” titula su más reciente libro Carlos Moncada Ochoa, periodista sonorense de muy larga trayectoria en su entidad de origen, así como de intensa y brillante actividad desde las páginas de rotativos de esta capital del país. No menos expresivo es el subtítulo: “Periodistas asesinados en el país de la impunidad” (Grijalvo, 2013) Prologa los textos, el extinto columnista Miguel Ángel Granados Chapa.
Obra documental y libro-denuncia podría calificarse. Esto caracteriza, a juicio nuestro, el contenido de lo que es mucho más que un reportaje; o bien, nómina de crímenes ejecutados en la persona de decenas y decenas de servidores de la información. Se trata, en efecto, de un exhaustivo y ejemplar esfuerzo realizado con esmero y prolijidad profesionales, poniendo la objetividad y la fidelidad como brújulas frente a frente de los sucesos, honrando así compromisos de certeza y veracidad.
La denuncia se avala con datos contrastables. Tiene el carácter de lo casuístico en el sentido de que parte de la individualización de los crímenes, en forma tal que no haya lugar para que la conjetura derive en generalización de los hechos delictivos y dé lugar al silencio; finalmente, a la impunidad. El “Yo acuso” es flamígero señalamiento en la medida en que, como aquí ocurre, se ponen al desnudo datos específicos; se describen los escenarios y se proveen indicios que llevan a los autores y patrocinadores de los nefandos hechos.
Las más conocidas librerías del país distribuyen el libro de Carlos Moncada, cuyo interés rebasa lo circunstancial de los tiempos que corren y de los avatares políticos en que predomina la tendencia a reconstruir la vida cívica, económica y educativa del país.
Y cuando la administración pública federal se empeña en restaurar la imagen política de una nación comprometida con la democracia, la seguridad pública y jurídica. En suma, en los inicios de una diferida transición al federalismo político y social, sepultado por el conservadurismo y la autocracia.

En el contexto, brota la denuncia, voz en cuello, de crímenes y asesinatos solapados como los que dan pie a “Oficio de Muerte”, libro que sale a luz, sucediendo al que, en 1991 publicó Edamex, del mismo autor, con el título “Del México violento. Periodistas asesinados”.
En lectura de antología Manuel Gutiérrez Nájera nos había hecho reflexionar acerca de la actividad del periodista, cuya profesión ha sido motivo de acoso, cuando no del irónico desdén por parte de los poderosos en turno, a pesar de que su labor es alentar a la vida participativa, al enjuiciamiento social, a la comprensión de los sucesos trascendentes. En suma, si admirable es su quehacer diario, faro que ilumina todo lo que es humano, efímero y permanente, al propio tiempo la del periodista es la actividad  más aventurada y desventurada, habida y por haber.
Así escribió el precursor de la modernidad literaria mexicana en el siglo XIX: “No hay suplicio ninguno comparable al que padece el periodista en México. El carpintero, el sastre o el pintor pueden conformarse con entender principios y reglas de su arte; pero el periodista tiene que ser no solamente el “homo duplex” de que hablaba el latino, sino el hombre que, como los dioses del Walhalla, puede partirse en mil pedazos y quedar entero… La misma pluma con que anoche dibujó la crónica del baile o del teatro, le servirá para trazar ahora un artículo sobre ferrocarriles o sobre bancos. Y todo esto sin que la premura le permita abrir su libro o consultar un diccionario”.