Por efemérides no queda el
tributo a los hombres y mujeres de la pluma y las ideas. Personalizada una de las
fechas, conmemora al autor del oficio de referencia (4 de enero); la otra (7 de
junio), extiende sus parabienes a la función que desempeñan informadores y
opinadores.
“Oficio de Muerte” titula
su más reciente libro Carlos Moncada Ochoa, periodista sonorense de muy larga
trayectoria en su entidad de origen, así como de intensa y brillante actividad desde
las páginas de rotativos de esta capital del país. No menos expresivo es el
subtítulo: “Periodistas asesinados en el país de la impunidad” (Grijalvo, 2013)
Prologa los textos, el extinto columnista Miguel Ángel Granados Chapa.
Obra documental y
libro-denuncia podría calificarse. Esto caracteriza, a juicio nuestro, el
contenido de lo que es mucho más que un reportaje; o bien, nómina de crímenes
ejecutados en la persona de decenas y decenas de servidores de la información.
Se trata, en efecto, de un exhaustivo y ejemplar esfuerzo realizado con esmero
y prolijidad profesionales, poniendo la objetividad y la fidelidad como brújulas
frente a frente de los sucesos, honrando así compromisos de certeza y veracidad.
La denuncia se avala con
datos contrastables. Tiene el carácter de lo casuístico en el sentido de que
parte de la individualización de los crímenes, en forma tal que no haya lugar
para que la conjetura derive en generalización de los hechos delictivos y dé
lugar al silencio; finalmente, a la impunidad. El “Yo acuso” es flamígero
señalamiento en la medida en que, como aquí ocurre, se ponen al desnudo datos
específicos; se describen los escenarios y se proveen indicios que llevan a los
autores y patrocinadores de los nefandos hechos.
Las más conocidas
librerías del país distribuyen el libro de Carlos Moncada, cuyo interés rebasa
lo circunstancial de los tiempos que corren y de los avatares políticos en que
predomina la tendencia a reconstruir la vida cívica, económica y educativa del
país.
Y cuando la
administración pública federal se empeña en restaurar la imagen política de una
nación comprometida con la democracia, la seguridad pública y jurídica. En
suma, en los inicios de una diferida transición al federalismo político y
social, sepultado por el conservadurismo y la autocracia.
En el contexto, brota la
denuncia, voz en cuello, de crímenes y asesinatos solapados como los que dan
pie a “Oficio de Muerte”, libro que sale a luz, sucediendo al que, en 1991
publicó Edamex, del mismo autor, con el título “Del México violento.
Periodistas asesinados”.
En lectura de antología
Manuel Gutiérrez Nájera nos había hecho reflexionar acerca de la actividad del
periodista, cuya profesión ha sido motivo de acoso, cuando no del irónico desdén
por parte de los poderosos en turno, a pesar de que su labor es alentar a la
vida participativa, al enjuiciamiento social, a la comprensión de los sucesos trascendentes.
En suma, si admirable es su quehacer diario, faro que ilumina todo lo que es
humano, efímero y permanente, al propio tiempo la del periodista es la
actividad más aventurada y desventurada,
habida y por haber.
Así escribió el precursor
de la modernidad literaria mexicana en el siglo XIX: “No hay suplicio ninguno
comparable al que padece el periodista en México. El carpintero, el sastre o el
pintor pueden conformarse con entender principios y reglas de su arte; pero el
periodista tiene que ser no solamente el “homo duplex” de que hablaba el
latino, sino el hombre que, como los dioses del Walhalla, puede partirse en mil
pedazos y quedar entero… La misma pluma con que anoche dibujó la crónica del
baile o del teatro, le servirá para trazar ahora un artículo sobre
ferrocarriles o sobre bancos. Y todo esto sin que la premura le permita abrir
su libro o consultar un diccionario”.

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