Bienvenido lector:

Federico Osorio Altúzar ha sido profesor de Filosofía en la UNAM y en la ENP (1964-1996) y Editor de la Gaceta de la ENP desde 2004.
Durante 15 años fue editorialista y articulista en el periódico NOVEDADES.
Es maestro en Filosofía. Tiene cursos de Inglés, Francés, Griego y Alemán.
Ha publicado en Novedades, el Heraldo de Chihuahua, El Sol de Cuervanaca, el Sol de Cuautla, Tribuna de Tlalpan, Tribuna del Yaqui, Despertar de Oaxaca y actualmente colabora en la versión en Línea de la Organización Editorial Mexicana (OEM).







lunes, 15 de octubre de 2018

ANARQUISMO: LA RESPUESTA DEL RECTOR DE LA UNAM



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De Norte a Sur, desde Argentina a los Estados Unidos, pasando por México, el anarquismo pretende hacer de las suyas.
De manera diversa, promueve la rebelión ante las convenciones estatales.
El ensayo del periodista sudamericano, Víctor Ego Querot, reproducido en el diario “La Jornada” el pasado domingo con el revelador título “Vivir en una democracia criminal”, pone de relieve hasta qué grado llega la comisión de crímenes sin castigo y cómo la violencia rebasa todo límite hasta convertirse en sustituto de la tolerancia.
Los hechos deplorables ocurridos últimamente en la máxima casa de estudios (la UNAM) junto con los crímenes perpetrados en diversas partes de la Nación, lo mismo en Venezuela, Brasil, Nicaragua y otros países,  da íntegra razón el académico de Argentina.
La errática confusión entre Universidad y Estado, entre autoridades responsables de velar por la integridad de la autonomía y órganos creados con el fin de propiciar la paz y la armonía social, degenera en actos que van de la protesta bien entendida por conductas lesivas al régimen de libertades para enseñar, investigar y difundir la cultura, hasta la organización de acciones contestatarias, incluso punibles, que ponen de relieve propósitos aviesos y lesivos para la institución como también para la sociedad y para los autores de la que bien podría calificarse de provocación.
Adquiere sentido lo anterior cuando se toma en cuenta el pliego petitorio dirigido al Rector de la UNAM con el objeto de obtener respuestas del jefe nato de la institución sobre temas controversiales y otros ya resueltos con antelación. El colmo: juzgarlas fuera de tiempo.
A unos días, los peticionarios recibieron respuestas objetivas, en tiempo y forma, apegadas a la legislación nacional en asuntos educativos, relacionadas con la seguridad y la equidad en los planteles universitarios.
Hay ejemplos que hablan acerca de esto último, como en el caso de alumnos expulsados por la institución en apego a normas establecidas por la Universidad, de acuerdo con la facultad que le asiste y dentro de los límites señalados a sus funcionarios.
En cuanto al ejercicio de la normatividad institucional, el rector Graue Wiechers  refrendó la letra y su significado de la autonomía, punto en el que difieren los quejosos. Para empezar, la UNAM no es una ínsula, un Estado más dentro de un sistema federalista inexistente. Las leyes que la rigen para cumplir con sus fines son generadas en el seno legislativo en el que se inscribe su origen y destino. La arbitrariedad es lo que cuenta en el planteamiento de los peticionarios como desahogo anarquista y anhelo por equiparar Universidad y Gobierno o, más aún, identificar Universidad y Estado.
Hace 50 años el rector Javier Barros Sierra, en muchos sentidos Rector Magnífico al igual que el rector Guillermo Soberón, hizo valer el principio de la autonomía ante los violadores de la misma con los recursos a su alcance, sin dar a unos lo que en rigor pertenecía a la contraparte.
En su carta rediviva, misma que leyó hace poco su hija en el plantel 6 de la Preparatoria, expresa que si bien los inconformes tenían camino a seguir él asumiría el suyo: apego a la legalidad nacional y acato a la interna que ampara a la Universidad de la que fue rector: validada por su comunidad en consonancia con la letra y el espíritu constitucional, en concordancia con la normatividad vigente.
Hoy, el rector Enrique Graue Wiechers convalida desde su investidura los principios de autonomía y legalidad que imperan en la casa de estudios. A los universitarios –directivos, maestros, alumnos y personal administrativo- corresponde, de modo urgente, sumarnos a dicha convocatoria.

lunes, 8 de octubre de 2018

LEGALIZAR EL CRIMEN: ES DECIR, AL DAÑO LA OFENSA


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Flota en el ambiente la idea de legalizar los narcóticos en nuestro país. Sin ser una terminante novedad, las propuestas al respecto no dejan de ser una verdadera amenaza a la seguridad, un reto al principio de vivir en armonía y en un ambiente de paz social. 
Sólo unas mentes enfermas con todo el poder para decidir y ejecutar serían capaces de llevar a la debacle a una nación en apuros económicos, sin  sedicente vocación moral y en medio de estrecheces de toda índole, a su derrumbe total.
En las primeras páginas de su “Historia Universal”, H. A. L. Fisher
dejó escrito: “Un hombre sano no necesita narcóticos”. Luego haría la siguiente reflexión en el sentido de que sólo  podría suceder así: “Cuando se hubiese roto la espina dorsal de un pueblo…”
La pregunta que antes de incurrir en lo que parecería ser una aberración y la ruina de nuestro tambaleante estado democrático, o en vías de serlo, sería en primera y última instancia, si la nuestra es o no una sociedad enferma, al borde de ello, en camino de la extremidad como para caer en la ansiedad o estado de perturbación fatal.
La crecida violencia y la desenfadada criminalidad en que vivimos no es pretexto válido para incurrir en una resolución fatídica como para que los cirujanos mayores dictaminaran el uso y hasta el abuso de las drogas para contener la ola de crímenes, los feminicidios y la trata de seres humanos.
Regular la siembra, permitir la ingesta de narcóticos y saciar las ansias de vecinos imprudentes sería el mayor absurdo en el que podíamos caer junto con nuestras condescendientes autoridades.
Por fortuna existen medicamentos eficaces para corregir males comunes y fuentes de placeres sanos como el teatro o la música para obtener la sanidad o el anhelado estado de bienestar en vez de tener que acudir a los narcóticos para resolver situaciones fuera de lo común.
Asimismo, el comercio de lo que hasta ahora es prohibitivo y objeto de sanciones penales no es la panacea para nuestro déficit
en los ingresos públicos y una forma de cubrir los aranceles que se traten de imponer por las vías autoritarias de los imperialismos en boga.
Por largo tiempo hemos sido víctimas de los abusos del exterior como para dar puertas abiertas a los poderosos de fuera.
Desde el punto de vista del comercio internacional, tampoco es un alivio duradero el sustituir a los braceros de antaño y a los partidarios del llamado “sueño” en beneficio de los opulentos.
No es cuestión de legalizar el libre comercio de los estupefacientes, promover la exportación hacia sociedades contagiadas de “ansiedad” por las cosechas de narcóticos como antes lo hubo de alimentos y mano de obra, de fuerza humana en condiciones ventajosas y nada equitativas.
Legalizar el cultivo, el uso y la exportación de droga será, en todo caso, para beneficio de la criminalidad, de los traficantes de estupefacientes y de los hacedores de fortuna con recursos mal habidos. Por fortuna quedan márgenes de tiempo para recapacitar, con el propósito de evitar y hasta impedir la comisión de males peores de los que nos ha tocado sobrellevar.
No a la legalización de estupefacientes. No a su cultivo y a su importación como sustituto de la migración ilegal y la importación y uso indiscriminado de armas.
Con el historiador arriba mencionado, H. A. L. Fisher, cabe señalar que sólo una mente enferma, en el caso una sociedad enferma, requiera de la ingesta de narcóticos.

lunes, 1 de octubre de 2018

2 DE OCTUBRE: IMPUNIDAD Y AUTORITARISMO


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Terminó septiembre con sus “idus” y sus “hados.”
Sin embargo, empieza octubre con la fecha 2 del mes, lo cual para muchos, incluyéndonos, ha sido y sigue siendo una fecha sombría, imborrable, nefasta, por los sucesos violentos y luctuosos que entonces ocurrieron.
El mes anterior fue portador de horas, asimismo, execrables: terremotos, tormentas, crímenes sin fin; secuestros políticos y no políticos.
Octubre comienza con una de las fechas indecibles del calendario.
Las muertes colectivas claman aún por su esclarecimiento. En busca de culpables, se declaran responsables anónimos. Los crímenes semejantes encubren a los verdaderos causantes de  tragedias como la susodicha.
No hubo, en aquel torbellino, héroes sin nombre.
No obstante, el 2 de octubre ha quedado en la memoria colectiva como expresión de lo que no se debe repetir, de aquello que habrá de evitar  provocaciones sin sentido.
Mujeres, ancianos y niños indefensos fueron objeto de esa revuelta social, sin que hasta ahora haya luz suficiente para poder ver con visos de realismo de todo lo ocurrido. Mención aparte merecen los estudiantes provocados y enviados al atropello cruento.
El “Yo acuso” se sobrepone a los sujetos o corresponsables de los dolorosos hechos. No hubo, no hay, por lo tanto, lugar para la imputación.
Así, el pasado 2 de octubre se convierte en horrenda pesadilla, en una inmensa cruz que no admite, en principio, por el cruento suceso, explicación satisfactoria para los analistas, menos para el ciudadano común.
A pesar de lo anterior, habrá que intentar el esclarecimiento de los hechos con el propósito de prevenir; es decir, con el fin de impedir la comisión de actos destinados a causar heridas incurables y zozobras sin remedio alguno.
La impunidad proveniente de tribunales y entidades creadas para fincar penas y castigos ejemplares, genera invariablemente resultados adversos como los de Guerrero.
La autoridad se convierte en vacío insondable y es sustituida por el autoritarismo, agente político capaz de incurrir en sucesos innombrables como los que dan lugar a la fecha lúgubre del 2 de octubre.
Se asocia el nombre de la UNAM en este crimen sin nombre como si fuese el sujeto promotor de las movilizaciones durante aquel nefasto año de 1968. La autonomía universitaria ha servido a villanos y a personas con nombre y dignidad.
Hoy se rememora la fecha en términos de una batalla sin caudillos, sin responsables y sin autoría; es decir, sin presuntos héroes y sin imputables o responsables.
Pero el fenómeno social, por calificarlo de algún modo, muestra lo siguiente: a mayor impunidad, a más recurrencia de los delitos sin penas ni castigos, el autoritarismo se impone con el torvo propósito de ocultar las omisiones y evasiones.
Lo anterior quiere decir que en le medida que entran y salen de las cárceles los presuntos y directos imputables, los autores de crímenes por sus fechorías, el autoritarismo se impone a fin de cubrir o solapar la ausencia de actos legítimos por parte de tribunales y entidades justicieras creadas para imponer las sanciones que correspondan a los delitos o crímenes cometidos.
Se deja, entonces, en manos de la arbitrariedad y lo que podría entenderse como ejemplo a seguir con la finalidad de que dicha acción sea merecedora de pena y castigo, así como para evitar su reincidencia.   
En consecuencia, emerge el autoritarismo y hace valer su látigo violento que desconoce la “otreidad”, al otro, como persona y como semejante.

lunes, 24 de septiembre de 2018

UNIVERSIDADES INDEFENSAS. PERO, ¿IMPONER UNA POLICÍA ESPECIALIZADA?


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El colmo de los colmos es la propuesta relacionada con una policía especial dentro de los recintos académicos: ¿Poner en el interior de los claustros escolares un cuerpo de vigilancia con el fin de terminar con la criminalidad que merodea y se ensaña en su contorno para exterminarla?
¿Una policía universitaria?
Si de lo que se trata es preservar el régimen de libertades en las casas de estudio, un custodio armado no sería sino una provocación más, una especie de convocatoria para convertirla en tierra de disputas sin término, justamente lo que quieren los agentes de la impunidad.
Hoy en día las casas de estudio están en la mira de los criminales. uno de cuyos últimos reductos quisieran para sí con el fin de comerciar sin trabas, con plena libertad, las drogas que envenenan mentes y cuerpos.
Ayer fueron los conventículos, especie de salvaguarda de dogmas y doctrinas. La autonomía académica puso fin al reinado aquél, precedido de la consigna: aquí no entren quienes no comulgaran con sus enseñanzas.
Hoy es la violencia y el tráfico de enervantes los que pretenden sentar dentro, del “campus”, su nefasto señorío.
No obstante, la resolución institucional no está cifrada,  en modo alguno, en poner las instalaciones y a quienes la habitan a disposición de agentes para amedrentar y sacar con la fuerza a los malhechores.
Preservar la autonomía universitaria de gente ajena a los intereses de la enseñanza, la investigación y la difusión de la cultura, es deber no sólo del rector en turno, en el caso que nos ocupa del doctor Enrique Graue. Es tarea colectiva de los universitarios merecedores de esa denominación.
Las autoridades académicas han rechazado ya la propuesta de dar seguridad en los planteles de la UNAM por medio de una “policía universitaria”, cuyo título ya en principio es denigrante.
Con hechos, la UNAM reacciona con acciones que le atañen. Así, ha expulsado a más de veinte alumnos, presuntos responsables de conductas punibles. Según el resultado de éstas, se determinaría si procede o no la cancelación definitiva de inscripción en otras instituciones educativas. Con los mencionados antecedentes, bastaría para negárseles.
A la autoridad corresponde, ahora, continuar las indagatorias de los casos, uno por uno, y fincar los castigos a que haya lugar. La impunidad es coraza que ha protegido a los llamados “porros”. Éstos son, prueba en contrario, aliados de los facinerosos y en estos tiempos de  violencia usados como armas de terror contra las indefensas casas de estudios.
La autonomía universitaria merece el honor de motivar su resguardo y garantía. Es como el lábaro patrio en el sentido de que da certidumbre y valor a todos aquellos que se cobijan bajo la sacralidad de sus colores. Su custodia y legítima defensa está en cumplir los deberes y gozar de los derechos que emanan de su legislación vigente.
La policía universitaria somos todos quienes vivimos en ella y para ella. No habría, finalmente, más escrupulosa vigilancia que la que debemos refrendarle día día.
En esto estriba la cabal defensa de la autonomía, cuyo valor seguirá siendo la esencia del pensar, del enseñar y propagar los valores ínsitos en la misión a cargo de nuestro rector, el doctor Graue, sus maestros, empleados y alumnos.
En su seno nos formamos y adquirimos la madurez y fortaleza para impedir el triunfo de la insensatez, la ilegalidad y el crimen.
Por las nuevas generaciones seguirá, entonces, hablando la cultura universal y nacional; se expresará de viva y elocuente voz el significado que hay en su luminoso lema: “POR MI RAZA HABLARÁ EL ESPÍRITU”.

lunes, 17 de septiembre de 2018

DÍAS DE REFLEXIONAR: LAS FIESTAS PATRIAS



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La noche del 15 de septiembre fue, hasta años recientes, motivo de júbilo popular. Los sucesos políticos degenerativos, junto con los hechos criminales, han convertido la histórica celebración en una página del calendario que cada vez se tiñe más con dramas y  calamidades que habrá de lamentar.
Días de guardar habían sido las fiestas de septiembre. A los juegos pirotécnicos se sumaba el derroche de ingenio para organizar la cena que hacía memorable estas reuniones familiares.
Hoy esta fecha se ha vuelto cada vez inolvidable por la cauda de crímenes, robos y extorsiones sin fin. La quema de personas, dice mucho de ello.
Tan sólo en la capital del país, la criminalidad se ha sobrepuesto a las celebraciones cívicas, cometiendo venganza y muerte entre grupos de malhechores, evitando con ello que la imputación ocupe el lugar que tiene asegurado la impunidad. O lo que es sinónimo: la justicia por mano propia y personal.
El castigo ha perdido completamente el sentido de ejemplaridad. Ya no se ejerce la facultad punitiva establecida en los códigos penales sino el otorgar el “perdón” a los delincuentes como si se tratara de un fuero muy peculiar: delinquir y borrón de cuentas pasadas.
Días para la reflexión y no para el júbilo, días propios para meditar y sacar conclusiones en vez de ocuparlos para la fiesta de los sentidos y con el propósito de borrar de la memoria las horas infaustas del inmediato pasado.
Reflexionar acerca de lo que anhelamos para los seres queridos que trabajarán, soñarán y gozarán como nosotros durante nuestras cortas o largas vidas.
Ni todo está resuelto como para empezar desde la nada; tampoco los asuntos sociales tendrán resultados fortuitos y como caídos de las alturas.
Las promesas adquieren cuerpo y visos de realidad en la medida que tomamos parte en su planteamiento y dilucidación.
Cambiar de apariencia para incurrir en los vicios anteriores, cambiar en las palabras para ocultar las mismas intenciones subyacentes no es sino doble y hasta múltiples maneras para que se infiltren sin temor al rigor de la legalidad los criminales con vestimenta de mansas ovejas.
A lo anterior se adjuntan los temblores septembrinos, las inundaciones y cambios sorpresivos en nuestra acostumbrada forma de vivir.
Ya no sabe a ciencia cierta si lo mejor es vivir conforme a la naturaleza, frente a ella. O proseguir la ruta histórica enseñada por los Galileo, los Newton o los Heisenberg.
El mundo natural y el social cambian y se renuevan con arreglo a la participación humanamente posible y con base en usos y costumbres, como se dice. En verdad, nada es ajeno al hombre.
En este sentido, nuestra responsabilidad se acrecienta según el grado de los compromisos y los deberes que nos incumben, pues nada ni nadie compartirá objetivamente nuestras acciones en cuanto a la titularidad de derechos y obligaciones vigentes.
Así, los días de guardar serán, además, días de repensar nuestro paso por la sociedad en la cual vivimos y actuamos.
Los días de júbilo pueden esperar, están en el calendario no realizado aún;  en el de las ideaciones y conjeturas.